El coronel no se disgustaba y miraba a su hijo con la complacencia del artista que contempla en su obra el indeleble sello de su carácter. También había sido así y no perdió por ello gran cosa, pues para ser soldado, lo necesario es tener muy buenos puños y mucho coraje.

—No hay que asustarse, Balbina—terminaba diciendo el coronel, siempre que trataba la cuestión—, el que el chico sea un bruto, no impedirá el día de mañana que llegue muy alto, si es que tiene corazón y le ayuda un poco la suerte. Por si no lo crees, ahí tienes a Espartero, que cuando vino al Perú lo acababan de suspender en los exámenes de ingreso para la escuela de Estado Mayor. Baldomero no sabe gran cosa, y, sin embargo, regente del reino ha sido y capitán general, y duque lo tienes hoy.

Estos razonamientos eran más que suficientes para convencer a doña Balbina, y de aquí que el muchacho siguiese tan cerril y atrevido, olvidando las lecciones para ir a capitanear las pedradas en el río o a apalear gatos por toda la ciudad.

Lo que los padres no querían tomarse la molestia de hacer, lo lograban las aficiones militares que sentía el muchacho.

A los doce años Esteban comenzó a escaparse con menos frecuencia de su casa y cobró gran afición a encerrarse en un cuartucho donde su padre había amontonado unas cuantas docenas de volúmenes que la humedad por un lado y los ratones por otro habían comenzado a destruir.

Aquellos libros los tenía el coronel por casualidad, pues no era hombre capaz de dedicar un céntimo a la lectura que, al fin (según sus propias palabras), sólo le había de enseñar cosas que no le importaban. Habíalos heredado de un comandante compañero suyo, a quien los soldados llamaban "el coplero", y que era muy respetado a causa de su afición al estudio y del gran bagaje de libros que constituía todo su ajuar. Una bala carlista dió fin a su vida e impidió que fuese terminado un drama romántico, del que sus compañeros del regimiento esperaban un triunfo que los honrase a todos.

Aquellos libros constituían la más grata diversión del travieso Esteban, que pasaba horas hojeándolos sin fijarse gran cosa en el texto y en busca siempre de las defectuosas láminas en acero, que a él le parecían brillantes reproducciones del natural.

¡Qué profunda impresión causaban en el joven aquellas láminas que ponían ante sus ojos los más célebres combates del mundo! Entusiasmábase Esteban con aquellos grupos de hombres siempre en actividad fiera y con las armas en alto, dispuestos a exterminarse los cuales representaban la guerra en las diversas épocas de la historia. Primero, griegos y persas, romanos y cartagineses, Scipión y Aníbal; después la Edad Media, con todo su arsenal de fantásticas armaduras y descomunales mandobles, el Cid con sus proezas legendarias y los reyes haciéndose la guerra por mero capricho; a continuación los regimientos sustituyendo las armas blancas por las de fuego y resolviendo los combates a cañonazos y por cargas de caballería, los tercios españoles, los generales de Felipe II, las compañías de Gustavo Adolfo y las locas aventuras de Carlos XII, y, últimamente, las guerras de la República Francesa, la Marsellesa coreada por el rugir de mil bocas de fuego y el griterío de las cargas a la bayoneta, bélica y gigantesca estrofa, que tenía por estribillo la aparición del dios de la naturaleza y la ambición, que se llamaba Bonaparte.

Todo este mundo de luchas, de victorias y de derrotas, pasaba en forma de defectuosos, pero animados cuadros, ante los ojos del muchacho, que rugía de entusiasmo al contemplar cualquiera de aquellos caudillos con la espada desnuda y centelleante, arrojándose sobre las compactas masas de enemigos.

La continua contemplación de tales episodios despertó en el ánimo del muchacho el deseo de conocer más detalladamente los hechos y los personajes que representaban aquellas láminas, y aunque la lectura le producía mareos y una atención demasiado sostenida le amenazaba con congestiones hijas de su sanguínea complexión, se determinó a abandonar las láminas por el texto, y aunque saltando páginas y leyendo a medias los párrafos, comenzó a entablar conocimiento con los héroes que figuraban en los dibujos, y, especialmente, con aquel Alejandro y aquel Napoleón, cuyos nombres surgían a cada instante ante sus ojos.