¡Qué lectura tan hermosa! ¡Cómo seducía el belicoso ánimo del muchacho! ¡Qué gran cosa era la guerra! Esteban, interesándose cada vez más por aquella lectura, iba conociendo lo que la guerra había sido en todos los tiempos y envidiaba el hermoso papel que habían desempeñado en todas épocas los grandes capitanes.
Ahora más que nunca se sentía inclinado a la profesión militar, y cuando, interrumpiendo la lectura, quedaba pensativo, en vez de correr a la calle como en otros tiempos lo hacía al menor descuido de sus padres, entregábase ahora a risueñas ilusiones y se imaginaba llegar a ser en el porvenir un Alejandro conquistando reinos ignorados como la Persia y la India, un Washington salvando a su patria o un Bonaparte convirtiendo todas las naciones de Europa en provincias de su Imperio.
Pero conforme Esteban se aficionaba a la lectura devorando los libros del difunto comandante, convencíase con dolor de que para ser un gran caudillo no era suficiente, según decía su padre, ser muy valiente y tener buenos puños, sino que era necesario adquirir gran caudal de ciencia y ser tan sabio como heroico.
Aquello de que Alejandro, más que de las campañas persas, se cuidaba de proteger a su maestro, un tal Aristóteles, proporcionándole los medios para que catalogase y describiese todos los animales de la tierra, y de que el general Bonaparte cuando iba con rumbo a Egipto a bordo de "El Oriente" atendía con más interés a las discusiones de Monge Berthollet y otros sabios sobre ciencias exactas y metafísicas, que a las indicaciones de su Estado Mayor acerca de la próxima guerra, producía gran confusión en el muchacho, que hasta entonces no había creído que la ciencia tuviese la menor relación con las armas.
Además, aquellos libros le hablaban de una porción de conocimientos científicos indispensables para ser un buen caudillo, y esto acabó de moverle a desechar sus antiguos instintos y dedicarse al estudio con una tenacidad verdaderamente heroica.
Al principio, su carácter independiente, inquieto y revoltoso, se sublevó contra aquel régimen de recogimiento que contrastaba con la anterior vida; pero Esteban era inquebrantable en sus resoluciones y consiguió vencer a la pereza y la ignorancia.
El coronel Alvarez estaba asombrado del cambio radical experimentado por su hijo, y hasta llegaba a temer, en vista de su afición al estudio, que se olvidase de sus inclinaciones militares v se decidiese por una carrera científica.
Todo había cambiado en la vida de Esteban: hasta el carácter. En adelante, las largas horas pasadas ante los libros, le robaron sus aficiones al bullicio y al escándalo, y se hizo reflexivo y grave, hasta el punto de ruborizarse cuando recordaba sus hazañas de poco tiempo antes.
El padre, tan ignorante y rudo como siempre, admirábase ante los conocimientos científicos que rápidamente adquiría su hijo y lo creía un pozo de ciencia, complaciéndose en hablar de él con admiración ante unos cuantos veteranos que eran sus amigos íntimos.
El bueno del coronel no dudaba que su hijo llegaría a muy alto y hasta pensaba en que su amigo Espartero, de allí a algunos años, tendría un rival capaz de oscurecerle con el brillo de su gloria.