A los dieciséis años, el coronel Alvarez envió a su hijo al colegio militar de Toledo, que, según él, era una empolladora de héroes que se quedaban a la mitad del camino. Su hijo sería de los que llegarían a la cumbre, sólo con que le ayudara un poco la fortuna.

Cuando Esteban marchó a Toledo a formalizar sus estudios, era un verdadero aspirante a héroe. La sed de gloria turbaba su existencia y soñaba de continuo con ser un día un genio de la guerra, del que dependiese la suerte de su patria.

Sus ideas habían sido transformadas por el estudio. Aquellas campañas de la República francesa, donde los soldados descalzos, harapientos y roídos por el hambre, vencían a la coalición de todos los tiranos le producían más admiración que las teatrales victorias de Napoleón con sus ejércitos disciplinados y disponiendo de grandes medios para hacer la guerra.

El ser soldado de una causa tan grande como la libertad, le entusiasmaba más que el ser soldado por oficio o por placer, y por ello prefería Washington a Alejandro y Hoche a Bonaparte.

La primera vez que oyó la Marsellesa, aquel himno tantas veces mencionado en las guerras de la República, se conmovió profundamente, hasta el punto de derramar lágrimas. Las sombras de Marceau y de Hoche, de Latour d’Auvergue, de Kléber y de Desaix desfilaron ante su imaginación envueltas en el brillante ropaje de las heroicas y rítmicas estrofas, y casi se sintió tentado de saludar con la misma veneración con que se descubre el recluta ante el general que le ha conducido a la victoria.

No pasaron desapercibidos para su padre estos detalles, y los lamentó con todo su corazón.

—Cuando en mi juventud—decía a su esposa—hacía yo la guerra en el Perú, también tuve algo de republicano, y por eso me vi tratado tan mal al volver a España. No son las ideas republicanas la mejor recomendación para hacer carrera en el ejército, pero más le quiero así que no carlista. Al fin, no desmiente la sangre.

Con tal bagaje de ideas y ensueños, fué Esteban a hacer su aprendizaje militar, y ya vimos cómo al entrar en el colegio demostró que sus aficiones al estudio no habían amenguado la energía de su carácter ni enmohecido sus puños.

II

Alvarez y su asistente