En 1856 recibió el alférez Alvarez su bautismo de sangre. Recién salido del colegio acababa de incorporarse a un regimiento de guarnición en Madrid, cuando a O’Donnell se le ocurrió dar fin al famoso bienio progresista nacido del alzamiento de Vicálvaro, llevando a cabo el golpe de Estado que equivalía a una repugnante traición contra su compañero Espartero.

La Milicia Nacional, mandada por Sixto Cámara y otros revolucionarios, resistió valerosamente aquella violación de las leyes que O’Donnell llevara a cabo, pero una vez más venció la fuerza al derecho, y la legalidad cayó al suelo herida por la espada de un ambicioso.

El alférez Alvarez se batió como un valiente en la plazuela de Santo Domingo. Al comenzar el combate, el joven tenía sus dudas y hacía depender su conducta de la actitud que tomase Espartero. Si el antiguo amigo de su padre se decidía en favor de la causa popular y echaba su espada en la balanza de la revolución, él iría a ponerse al lado de los bravos milicianos aun conociendo que comprometía su porvenir; pero el duque de la Victoria permaneció quieto, negándose a auxiliar a los que combatían en nombre de la Constitución violada, y el alférez, acallando los impulsos de su corazón que le empujaban hacia los insurrectos, permaneció fiel a la ordenanza y se batió tan bien como el primero, en defensa de una causa que odiaba.

Una bala le produjo un ligero rasguño, y esto bastó para que el Gobierno de O’Donnell, interesado en crearse simpatías en el ejército y que derramaba los ascensos con prodigalidad, le diese el grado de teniente.

Desde 1856, Alvarez arrastró esa vida sedentaria y monótona, propia de los soldados en tiempo de paz. Trasladado de una a otra guarnición, fué corriendo media España, y los ocios de esa vida insustancial y lánguida que se arrastra en las pequeñas guarniciones, los empleó dedicándose al estudio y poniendo a contribución cuantas bibliotecas encontraba.

De este modo fué Alvarez adquiriendo una vasta ilustración, y pronto pudo pasar como muy versado no sólo en materias militares, sino literarias y científicas.

En el regimiento le consideraban como un oráculo, y todos los oficiales reconocían la justicia con que sus compañeros de la Academia de Toledo, que muchas veces sustituían los apellidos por chuscos motes, le habían puesto el apodo de Séneca.

Alvarez era un buen oficial que cumplía todos sus deberes con exactitud solemne, y esto, unido a su ilustración, le hacía ser apreciado por sus superiores y sus iguales, y le valía que en el cuarto de banderas reinase un profundo silencio siempre que él abría la boca para dictaminar sobre alguna cuestión.

El coronel, antiguo soldado que apenas sabía leer, pero que tenía sus pretensiones de elocuencia, le hacía corregir sus arengas conmemorativas antes de insertarlas en la orden del día; en las conferencias de oficiales deslumbraba con sus disertaciones, y no había alférez que dejase de presentarle, solicitando una concienzuda corrección, los versos escritos en honor de alguna romántica novia.

El teniente Alvarez era, en una palabra, el hombre importante del regimiento, el genio cuya gloria se encargaban de pregonar todos, desde el coronel al último corneta; pero tan inmensa popularidad no satisfacía al agraciado ni lograba impedir que a menudo se entregase a sus ensueños ambiciosos.