Los galones de teniente le desesperaban, la paz le producía náuseas y casi se sentía próximo a llorar de rabia cada vez que pensaba que a fines del pasado siglo había en Francia generales de su misma edad que se hacían inmortales.
Al enviar el Gobierno la expedición a Cochinchina, solicitó el teniente formar parte de ella con el deseo de adquirir gloria en tan lejanas tierras, pero su proposición fué desatendida, lo que le produjo hondo despecho.
La fortuna, aquella deidad tan ensalzada por su padre, le volvía la espalda, y él, tan ansioso de gloria y tan dispuesto a realizar las mayores heroicidades, veíase obligado a vegetar en una guarnición, olvidado, casi embrutecido, y teniendo por único consuelo la mezquina popularidad que gozaba en su regimiento.
Cuando más agitado estaba por sus decepciones, recibió la noticia del fallecimiento de su padre, a consecuencia de lesiones internas producidas por una bala que los cirujanos del Perú no supieron extraerle.
Esta noticia aumentó aún más la tristeza del joven militar, que cuando soñaba en un porvenir glorioso, colocaba siempre en primer término a su padre, conmovido por la alegría, y lloraba como un niño al ver a su descendiente elevado a los primeros puestos del Estado.
¡Oh, maldita imaginación! ¡Ilusiones engañosas! El nunca llegaría a ser nada, y gracias si al retirarse podía alcanzar, como su padre, el empleo de coronel. Además, aun cuando sus sueños se realizasen, Esteban no se consideraría feliz, pues le faltaría la inmensa satisfacción producida por la alegría de su padre.
Doña Balbina, que vivía en Valencia únicamente por el cariño que a dicha ciudad tenía su esposo, al morir éste trasladóse a Burgos, donde su hijo estaba de guarnición, complaciéndose en hacer la misma existencia nómada que en su juventud, aunque sin el aliciente para ella de las aventuras y terribles incidentes de la guerra.
Transcurrieron tres años de este modo viviendo Esteban con su madre y ejerciendo ésta tal superioridad sobre las esposas de todos los militares como su hijo en el regimiento.
La viuda del coronel Alvarez hablaba con los oficiales viejos de las operaciones de la guerra civil con tanta autoridad como si dentro de ella estuviese el general Zarco del Valle, y con las “militaras” disertaba sobre las condiciones que debe reunir un buen asistente y la influencia que las mujeres pueden ejercer sobre los valientes llamados a dar su sangre por la patria.
Cuando el Gobierno español declaró la guerra al Imperio de Marruecos, el regimiento al que pertenecía Esteban, y que se hallaba en aquel entonces de guarnición en Zaragoza, recibió la orden de salir inmediatamente para Valencia, donde debía embarcarse con rumbo a Africa, formando parte de la división de reserva que mandaba el valiente general Prim.