La inflamable doña Fernanda ya se mostraba arrepentida de haber sentido en otros tiempos una pasión tan fogosa por el padre Claudio.

Comparábalo ahora con el otro jesuíta y encontraba al hermoso superior, sobradamente amadamado, a pesar de su hermosura. La ruda musculosidad del otro, su continente resuelto, que recordaba a Hércules en su hazaña de las cincuenta doncellas, y, sobre todo, aquel punzante olor a hombre que se escapaba de su sotana, la causaban gran impresión; era para ella como un aperitivo excitante y la hacía mirar con desprecio la figura interesante del padre Claudio, rizada y perfumada.

Quedó el padre Felipe dueño de su penitente, que de buena gana lo hubiese retenido para comenzar "ipso facto" un examen general de culpas, y siguió a su superior, que se dirigía a la casa donde tenía establecido su despacho y archivo, que era la misma que en 1825, salvo ligeras modificaciones.

Cuando los dos jesuítas entraron en el gran despacho, rodeado de estanterías atestadas de carpetas y legajos, estaba el repulsivo secretario del padre Claudio ocupado en clasificar papeles como en pasados tiempos. El tono macilento que la edad había dado al rostro del padre Antonio y las muchas canas que se destacaban en su roja y áspera cabeza, era lo único que daba a entender el tiempo que había transcurrido. Por lo demás, el despacho presentaba el mismo aspecto que en tiempos de la segunda reacción.

El padre Antonio levantó ligeramente la cabeza, pero al ver que su superior no le miraba, volvió a enfrascarse en su tarea y a hacer todo lo posible para que los dos jesuítas no recordasen su presencia.

El padre Claudio se sentó en su viejo sillón de cuero, y sin dignarse ofrecer asiento a su gigantesco subordinado, que le miraba con el respetuoso cariño del perro, le preguntó:

—¿Sabe usted para qué le he traído aquí en vez de ir a la casa residencia?

—No, reverendo padre.

—Tengo que encargarle una misión de importancia y usted no está muy acostumbrado a que la Orden le dispense tal honor.

El padre Felipe hizo un gesto con el que quería significar que él se tenía a sí propio por muy poca cosa, y su superior continuó: