—¿Qué le parece a usted la baronesa de Carrillo?

—¡Oh! Una señora muy apreciable.

—¿Y cómo la encuentra usted como mujer?

El padre Felipe vaciló en contestar no comprendiendo bien la pregunta, y, al fin, respondió con cierta precipitación:

—Me parece muy amable; pero la encuentro algo fea.

—Perfectamente. Tiene usted buen ojo y por algo le han puesto la fama de que goza. ¿Y por qué cree usted que la Orden le ha designado para director espiritual de la baronesa?

El padre Felipe levantó los hombros para indicar su ignorancia y el superior continuó, siempre con gravedad:

—En nuestra Orden cada uno sirve para una cosa. Así como tenemos grandes oradores y hombres de ciencia para deslumbrar a los imbéciles, poseemos hombres hábiles que dirigen las familias despóticamente y llevan su dinero a las arcas de nuestra Orden, y..., créame usted, éstos valen aún más que aquéllos. ¿Cuál es su habilidad, padre Felipe?

El aludido quedó perplejo, y, al fin, dijo, sonriendo estúpidamente y con sencilla modestia:

—Reverendo padre; yo no tengo ninguna; soy un inútil, lo confieso.