—En nuestra Orden, querido hermano, no hay nada inútil. Vamos; le ayudaré a refrescar la memoria. ¿Por qué tuve yo que intervenir en un escándalo que surgió con la presencia de vuestra paternidad en cierto convento de monjas de Valladolid? ¿Por qué estuvo vuestra paternidad más de un mes en cama a consecuencia de cierta paliza que le administró en Sevilla un marido celoso?
El gigantazo se ruborizó como un niño, balbuceando:
—Perdone vuestra reverencia... La carne es flaca y a mí me domina el demonio de la voluptuosidad.
—Sea por muchos años; pues de este modo sirve usted a la Orden y todos los medios son buenos cuando se trabaja para la mayor gloria de Dios. Quedamos, pues, en que tiene usted una habilidad, la de enloquecer a las señoras que la Compañía pone bajo su dirección.
El padre Felipe, a pesar del temor casi supersticioso que sentía ante su superior, creyó propio del caso el reírse, y prorrumpió en una franca carcajada, guiñando los ojos con malicia.
—¡Oh! Lo que es para eso me pinto solo...—dijo con acento de alegre convicción.
Pero se calló inmediatamente viendo que el padre Claudio permanecía grave e inmóvil y que su secretario, inclinado sobre los papeles, seguía presentando el aspecto de un ser petrificado.
—La Compañía—dijo el superior, después de un largo silencio—desea que usted no dé el menor disgusto a doña Fernanda, la baronesa de Carrillo. Es una buena señora, muy devota de nuestra Orden, y tenemos el deber de corresponder a su cariño. Cumpla usted, pues, con su obligación.
—¡Mi obligación! ¿Acaso vuestra reverencia quiere?...
—Quiero que se porte usted del mismo modo que en otras ocasiones, con la seguridad de que, tanto nosotros como su nueva penitente, sabremos agradecer sus esfuerzos.