—Conforme, reverendo padre—dijo el atlético jesuíta, rascándose el cogote como si con esto quisiera dar a entender lo escabroso de aquel asunto.
—La baronesa es fea; pero usted, padre Felipe, no es hombre capaz de pararse ante tan pequeño obstáculo. Conozco sus aficiones.
—¡Oh! Lo que es por eso, no he de detenerme. Soy animal de buenas tragaderas y más si se trata de servir a la Orden.
Esta ingenuidad, que su mismo autor acompañó con brutales carcajadas, sí que consiguió hacer sonreir al padre Claudio, y hasta el secretario levantó un poco la cabeza con el entrecejo contraído como para contener la risa. Aquel garañón ensotanado resultaba gracioso.
El padre Claudio permaneció algunos minutos entregado a la reflexión, y, al fin, dijo a su subordinado con cierto entusiasmo:
—Comprenda usted bien lo que la Compañía desea de su única habilidad y para qué quiere emplear ésta. Nuestro poder indestructible, que se extiende por todo el universo, tiene su principal base en el estudio que hacemos del carácter de cada persona que deseamos explotar y los medios que ponemos en práctica para halagar sus aficiones. Si se trata de un entusiasta por la ciencia, ponemos a su lado a un individuo de la Orden versado en toda clase de conocimientos; si de un escritor, le enviamos otro que le hable lo mismo de Horacio que de San Agustín y de Voltaire; si es una mujer histérica y fanatizada, le damos por director espiritual un monomaníaco que la relate con entusiasmo y convicción visiones celestes y milagros estupendos; y cuando tropezamos con una baronesa de Carrillo, arca de comprimido placer que está esperando la ansiada llave para desbordarse, nos valemos de un padre Felipe, ogro insaciable de carne femenil, incapaz de distinguir en su ciego apetito, y que lo mismo se almuerza una diosa que se cena una Maritornes. "El mundo, comedia es", como dijo un poeta; y aquí lo importante es que la Compañía tenga siempre preparados buenos actores, capaces de desempeñar con naturalidad y perfección los más difíciles papeles. Todos sirven igual a la Orden, y tanto mérito como cualquiera de nuestros hermanos que confiesan reinas y princesas, tiene usted, padre Felipe, apagando la hidrópica sed de amor que siente doña Fernanda. Cumpla usted su misión tan perfectamente como yo espero.
El brutal jesuíta quedó como desvanecido por aquellos elogios que le disparaba su superior, y después de una larga pausa, preguntó:
—¿De modo que mi misión se reduce, sencillamente, a conquistar a la baronesa?
—A satisfacerla, pues su conquista, es cuestión de poca importancia. Conozco bien a doña Fernanda, y sé que ella le adelantará la mitad del camino.
—La dejaré satisfecha—dijo el jesuitazo, con el mismo orgullo del campeón que está muy seguro de sus fuerzas.