—No lo dudo. Hace tiempo que estudio a usted, y me convenzo de que es un bárbaro que únicamente sirve para tan inmundas empresas.

El padre Felipe acogió estas palabras con tanta indignación como el artista que oyera desacreditar su arte. Profesaba gran respeto a su superior; pero esto no impidió que en su rostro se trasluciera cierta expresión de desprecio a aquel hombre que llamaba al amor inmundicia, y del cual se relataban "sotto voce", en las celdas de los buenos padres, algunas historietas poco limpias.

El padre Claudio leyó en el pensamiento de su subordinado.

—Adivino lo que usted piensa—dijo con tono de ira—, y le advierto que yo hago lo que me da la gana, sin que pueda pedirme cuentas nadie, a excepción del general que está en Roma. Podía castigarle por sus malos pensamientos, pero me compadezco de esa inocencia brutal que constituye su carácter. Retírese usted, pero antes oiga un consejo. Persevere en sus carnales aficiones a la mujer, ya que esto está en su temperamento y la Compañía así lo necesita; pero recuerde que su afición a las faldas ha de traerle muchos compromisos y tal vez su ruina. La mujer es la ruina del hombre, y el que a ella se aficiona pierde la mitad de su fuerza. Para servir a la Orden tan bien como yo la sirvo, es preciso prescindir del amor de ese ser hermoso, pero lenguaraz, caprichoso y débil, que sólo nos acarrea compromisos, y valerse de los hombres aun para dar satisfacción al apremiante llamamiento de la naturaleza.

El padre Claudio, después de estas palabras, con las cuales pintaba su verdadero carácter, cosa bastante extraña en él, señaló la puerta a su subordinado con ademán imperioso, y el padre Felipe salió cabizbajo y humilde.

Apenas quedaron solos el Vicario general de España y su secretario, éste levantó la cabeza y miró fijamente y sonriendo a su superior.

El padre Antonio había adelantado mucho en su carrera. Su superior seguía protegiéndolo, y mostraba tal agradecimiento a éste, que, a pesar de ser ya padre profeso, de haber hecho todos los votos y de temer algún renombre en la Orden por sus trabajos, lo que le autorizaba a solicitar la dirección de la Compañía en una provincia, o el mando de una comisión en Ultramar, había pedido con las lágrimas en los ojos al bondadoso padre Claudio que le permitiese seguir a su lado desempeñando las funciones de secretario, pues no podía alejarse sin profunda pena de aquel a quien se lo debía todo.

El padre Antonio mentía, como buen jesuíta, al fingir tanto cariño. El padre Claudio le era indiferente, y aun allá en el fondo de su voluntad le odiaba de un modo terrible. Lo que él buscaba era no alejarse de aquel centro directivo, donde iba empapándose de los misterios de la Orden y donde se preparaba a dar el gran salto. Aquel despacho era para él un espeso matorral tras el que estaba emboscado para caer repentinamente sobre su víctima, que era el padre Claudio. El jesuíta había soñado en ocupar un día la dirección de la Orden en España, y conspiraba sordamente contra su superior, que no esperaba tal infidelidad por parte de su perro de confianza.

—¡Valiente bruto!—dijo el padre Antonio a su superior, con más confianza que en pasados tiempos—. De seguro que la baronesa quedará contenta del director espiritual que le regalamos.

—Esto y aun más necesita—contestó el hermoso jesuíta, sonriendo escépticamente.