—¿Y cómo están los asuntos de aquella casa, reverendo padre?
—La baronesa manda como dueña absoluta, y de aquí que yo considere tan preciso ser dueño completo de su voluntad. Ella es afecta a nuestra Orden; pero esa inmunda pasión que la domina podría alejarla de nosotros, y de aquí la presentación del padre Felipe, que la subyugará uniéndola con nuevos lazos a nuestros intereses. Esa baronesa es una bestia en el celo. Mira si será fogosa su pasión, que estaba ya muy próxima a entenderse con un perdido escritor, del que nosotros nos valemos algunas veces, pero que no está por completo a nuestra devoción. Afortunadamente he sabido a tiempo el peligro, y lo acabo de evitar con el padre Felipe, que se hará el dueño absoluto de la baronesa.
—No está mal la combinación; ese ogro hará cuanto quiera de doña Fernanda, y vuestra reverencia maneja a su placer al conde de Baselga. Aquella casa es nuestra por completo; ahora sólo falta que podamos manejar de igual modo a los dos niños, que son los verdaderos dueños de los quince millones.
—Lo seremos, no lo dudes. Bastará con que sepamos apoderarnos de sus voluntades.
—Trabajo difícil es ése. ¿No sería mejor anularlos ahora que son de poca edad? Un niño cae con más facilidad que un adulto, pues hay muchas enfermedades infantiles que fácilmente pueden contraerse sólo con que haya algo de intención y un poco de descuido en los encargados de cuidarlos. En caso de muerte los quince millones pasarían a manos del conde de Baselga, heredero de sus hijos, y a ése no nos sería difícil arrancárselos.
—Eres muy inhábil. Mil veces te he dicho que esos procedimientos de fuerza son nocivos para nuestras empresas; y si no, contempla sus consecuencias en el fracaso que experimentó en París nuestro hermano el padre Renard. Acuérdate del refrán italiano "quien va despacio va muy lejos"; y como adquirir de un golpe quince millones de francos es empresa muy seria, debemos proceder con gran cautela y no menos astucia. No nos comprometamos tontamente, ni demos un paso en vago que podría costamos muy caro. Ya sabes que un rey decía a su ayuda de cámara: "Vísteme despacio, que voy de prisa"; eso mismo te repito yo en esta ocasión. No apresuremos los acontecimientos ni cometamos ningún acto de violencia; de lo contrario, en nada se diferenciaría un vulgar bandido de un jesuíta. Tiempo de sobra tenemos a nuestra disposición. Esos dos niños están en nuestro poder, y su educación corre a nuestro cargo. Si la esposa del conde no fué monja en París, su hija lo será aquí; y en cuanto al niño, ya se encargará la baronesa de aficionarlo a la Compañía, y tal vez llegue a ser de los nuestros. Una escritura en que ambos, al retirarse del mundo, hagan donación de sus bienes a la Compañía, será el digno epílogo de nuestro trabajo.
—Está bien, reverendo padre—exclamó el secretario, fingiendo un entusiasmo adulador—. El plan es magnífico, y de seguro dará resultados. Comencemos nuestros trabajos y demos a entender en Roma que sabemos realizar lo que el padre Renard dejó embrollado.
—Nuestros trabajos han empezado ya. La base es la baronesa, que se halla ya por completo a nuestras órdenes. El padre Felipe será dentro de unos días el dueño absoluto de su voluntad. La enloquecerá de placer, como a todas sus penitentes.
—¡Oh, reverendo superior! La Compañía debe mantener bien a tan excelente caballo padre. No podrá quejarse la yeguada de devotas.