Los hijos del conde de Baselga.
Enriqueta y Ricardo crecían bajo la autoridad implacable y ruda de doña Fernanda.
Su padre era para aquellos dos niños una especie de ser misterioso al que sólo veían en determinadas horas y cuyo semblante, siempre excesivamente grave y en algunas ocasiones fosco, les hacía temblar. Cuando aquel hombre silencioso y ceñudo tomaba en brazos a los dos pequeños o los ponía sobre sus rodillas, ambos sentían impulsos de escapar, y las caricias eran para ellos verdaderos tormentos.
A doña Fernanda la amaban más, a pesar de la rudeza con que los trataba. Su padre no les dirigía nunca una palabra dura ni intentaba el menor castigo; y en cambio, su hermanastra aprovechaba la más leve ocasión para maltratarlos; pero ésta, al menos, hablaba para insultar; mostrábase terriblemente expansiva y no imitaba a aquel hombre de cuya boca sólo salían monosílabos y que, después de contemplar fijamente a los dos niños, hacía esfuerzos para que no se le escapasen las lágrimas que acudían a sus ojos.
El conde de Baselga estaba más enamorado que nunca de su esposa, y al contemplar sus hijos, especialmente Enriqueta, que era un acabado retrato de su madre, sentía revivir en su memoria el punzante recuerdo de la perdida felicidad y veía pasar ante sus ojos la imagen de María, muerta en lo más risueño de su vida.
Cuando los dos niños estaban a solas con la baronesa temblaban; pensando en las violentas explosiones de su mal humor, pero no experimentaban el miedo extraño y supersticioso que sentían ante su padre.
Doña Fernanda sentíase satisfecha al poder dar rienda suelta a sus enfados de solterona, castigando a aquellos niños fruto de un enlace que le había resultado siempre antipático. Ahora se vengaba de aquella superioridad, que, sin notarlo, había tenido siempre sobre ella su joven madrastra a causa de su carácter dulce y bondadoso.
Para la baronesa, los niños debían ser seres automáticos, sin voluntad y con una vida regulada por el capricho del superior, y de aquí que pasase gran parte del día entretenida en la tarea de obligar a fuerza de amenazas y de cachetes a que sus dos hermanastros permaneciesen horas enteras quietecitos en sus sillas, con la inmovilidad fúnebre de una momia.
Enriqueta era la principal víctima de sus iras. Como ya dijimos, la niña le era antipática, y si sentía alguna debilidad en su régimen de educación, guardábala para Ricardo, que era quien lograba hacerla sonreír.
Doña Fernanda tenía sus planes. Era la verdadera madre de aquellos angelitos, como le decían sus devotas amigas de la alta sociedad elogiando su comportamiento con sus hermanastros, y tenía, por tanto, el deber de pensar en su porvenir y señalarles lo que habían de ser en este mundo.