No se sabe si la idea nació espontáneamente en ella o le fué sugerida por su director espiritual el padre Felipe, santo varón, que era su hombre de confianza y sin el cual no podía pasar un solo instante; pero lo cierto es que la baronesa había decidido que la niña entrase en un convento y que Ricardo fuese de la Compañía de Jesús.
Doña Fernanda tenía para ello razones poderosísimas, que exponía siempre que hablaba del asunto con sus amigas.
—Sobrados militares hay en España y señoritas que no sirven para otra cosa que para perder su alma bailando escandalosamente en los salones. Mis hermanos se dedicarán a la religión y alcanzarán el cielo, que es lo que debe buscar todo mortal.
Y la baronesa estaba decidida a sostener sus decisiones con todo el peso de su autoridad.
Cuando los niños fueron creciendo, su educación fué descuidada en punto a conocimientos útiles; apenas si leían con corrección y sabían escribir su nombre; pero en cambio, la niña, so pena de recibir algunos azotes, había de rezar al día media docena de rosarios y cantar con voz nasal propia de monástico coro los gozos dedicados a unos cuantos santos, mientras su hermano, vestido con casullas de muselina, fingía decir misa en capillas de cartón alumbradas con candelillas que preparaba la baronesa con todo el cuidado propio de un buen sacristán.
Aquellas diversiones, que resultaban forzosas para los dos niños, acababan por agradarles, a falta de otras más vivas y atractivas, y su hermanastra regocijábase con la devoción que mostraban los pequeños, presentándoselos como dos santitos al buen padre Felipe, que parecía cosido a sus faldas, según lo poco que de ella se separaba.
En toda aquella casa tan grande y habitada por sirvientes de tantas clases, los niños sólo encontraban una sola persona que mereciese sus simpatías, por demostrarles verdadero cariño.
Era ésta una antigua criada de su madre, la aragonesa Tomasa, que conforme había entrado en años se había hecho más ruda e indomable.
En aquellos dos niños veía a su señorita, cuya muerte no cesaba de llorar; y su cariño francote y ruidoso, a fuerza de ser expansivo, era todo para los “muñecos”, para aquellos dos chiquillos, y especialmente para Enriqueta cuyos ojos no podía mirar sin conmoverse, pues le recordaban los de aquella otra niña que veinte años antes paseaba por las calles de París o las alegres alamedas del Luxemburgo.
Tomasa era en aquella casa la continua preocupación de la baronesa.