Desempeñaba el cargo de ama de llaves, y, por tanto, la jefatura de toda la servidumbre; y en cada una de las órdenes que daba tropezaba inevitablemente con la dueña que la odiaba a muerte.
En el pequeño palacio del conde de Baselga ardía una continua guerra civil.
La vieja criada murmuraba a todas horas contra su nueva ama, haciéndole coro la servidumbre, que odiaba a la baronesa, y ésta tenía especial empeño en contrariar a Tomasa, encontrando defectuoso todo cuanto ordenaba y buscando ocasiones para humillarla.
La altivez, el odio, y aun algo de envidia, luchaban con aquella tenacidad aragonesa, aumentada por un modo franco de decir las cosas que hería cruelmente la susceptibilidad de doña Fernanda.
En aquella casa surgían los conflictos a diario entre las dos autoridades, y ambas mujeres, la señora y la doméstica, cansadas ya de tremendos choques en que les faltaba muy poco para agarrarse de los pelos, acabaron por evitarse encerrándose cada una en una altiva indiferencia con respecto a la otra.
Doña Fernanda intentó librarse de aquella rival de su autoridad, y para ello habló a su padre un día en que le pareció de mejor humor que de costumbre.
El conde la escuchó con frialdad, y cuando terminó su capítulo de cargos contra el ama de llaves, se limitó a decirle que Tomasa era para él como de la familia, que la conocía muy bien y que no pensaba separarse nunca de ella.
La baronesa se indignó tanto con esta contestación, que llegó a formular la amenaza de marcharse de aquella casa si no salía de ella inmediatamente la terca aragonesa; pero su padre no se inmutó, y con la misma frialdad de antes la dijo que podía hacer lo que gustase. Para el conde no era un sacrificio separarse de aquella criatura orgullosa y dominante cuya presencia le recordaba la deshonra de su primer matrimonio.
Doña Fernanda lloró, se indignó, contó sus penas al padre Felipe, al padre Claudio, a cuantos jesuítas conocía y a todas sus devotas amigas; hizo a su padre responsable de cuanto ocurriese, y acabó... quedándose en la casa lo mismo que antes.
Le gustaba mucho tener una tropa de sirvientes a quien mandar y dos niños que llamaba sus hijos, a los cuales martirizaba con sus caprichos, y por esto se quedó, a más de que algo debieron de aconsejarla también sus amigos jesuítas.