Las dos mujeres, temiéndose mutuamente, se respetaron más, y ya no surgieron entre ellas otras desavenencias que las ocasionadas por el cariño que Tomasa profesaba a los niños y el deseo de la baronesa de disponer de ellos en absoluto.

Cada vez que doña Fernanda los castigaba, la vieja criada protestaba a su modo, lanzándola feroces miradas o murmurando amenazas que aquélla oía perfectamente; y cuando los dos pequeños, escapando de la pesada férula de su hermanastra, iban en busca de Tomasa, la baronesa había de sostener un altercado con aquella "mujer soez", como ella la llamaba, y que se metía a criticar la educación que daba a los niños.

La conversación con Tomasa tenía para éstos un gran encanto, pues la vieja criada les hablaba de su madre, a la que Enriqueta apenas si recordaba, y de su abuelo, don Ricardo Avellaneda, que aparecía en sus tiernas imaginaciones como un buen señor bondadoso y dulce.

Además, aquella mujer no los obligaba a una inmovilidad terrible para la niñez, siempre ansiosa de movimiento, sino que les incitaba a juegos agitados y ruidosos, a los que ellos se entregaban con asombro y torpeza, como el presidiario a quien obligan a andar libre después de estar encarcelado muchos años.

Los alegres cuentos que les relataba la aragonesa, con burda chusquedad, gustaban más a los dos hermanos que las vidas de santos que les leía la baronesa, obligando su atención, a fuerza de cachetes; y tanto les gustaba estar al lado de Tomasa, que aguardaban con ansia los días en que doña Fernanda salía a sus juntas de cofradía o colectas piadosas, para correr inmediatamente al comedor o a la cocina, donde encontraban a su vieja amiga.

Conforme crecieron, este placer fué desvaneciéndose y se vieron más ligados que nunca a la autoridad despótica de su hermanastra.

Ricardo tenía ocho años cuando fué llevado al colegio de los padres jesuítas. El conde de Baselga pareció vacilar antes de dar su permiso para que se verificase tal traslación; pero los consejos del padre Claudio, las frías razones de su hija mayor y las exigencias de la moda, destruyeron todo conato de oposición, si es que existió tal intento en el ánimo del conde.

Enriqueta, sin la compañía de aquel pequeño ser enfermizo y débil, cuyos nerviosillos arranques le producían gran alegría a ella, que rebosaba de salud y vida, encontró la casa de su padre tétrica y sombría, y a no ser por alguna que otra visita que hacía a Tomasa, aprovechando descuidos de la baronesa, se hubiese creído tan abandonada y sola como en un desierto.

Doña Fernanda, no contenida ya por aquella fría simpatía que profesaba a su hermanastro, descargaba todo su mal humor sobre Enriqueta; pero esto sólo ocurría cuando la baronesa estaba enojada por una inesperada ausencia de su director espiritual, y afortunadamente para la niña, el padre Felipe pasaba por lo regular gran parte del día pegado a las faldas de su penitente.

La educación de Enriqueta corría a cargo de su hermanastra, que en esta tarea era ayudada por su director espiritual. Pero hay que decir que la mística pareja tenía numerosas ocupaciones, pues sólo de tarde en tarde se ocupaba de la niña, tomando sus lecciones con aire distraído.