El padre Felipe alcanzaba en aquella casa una preponderancia aún más grande que la del padre Claudio; y tan convencida estaba la servidumbre de que aquel jesuíta, siendo el dueño de la baronesa, era el verdadero amo, que muchas veces desatendía al conde de Baselga por mostrarse atenta y solícita con el bondadoso padre.
El conde, dominado por aquella taciturna misantropía que constituía ya su carácter, no veía lo que ocurría en su casa, o fingía no verlo. Sin duda, la sotana de jesuíta era para él el uniforme de un terrible enemigo al que había que temer y respetar.
La simplicidad del padre Felipe habíala reconocido desde el primer instante, y aun adivinaba algo de las verdaderas relaciones que existían entre aquél y su hija, pero callaba cuidadoso de provocar un escándalo, porque tras la grotesca figura del director espiritual veía la diabólica personalidad del padre Claudio, siempre amenazante y capaz de anonadarle a la más leve muestra de enemistad.
Aquel hombre, en otro tiempo tan altivo y enérgico, que se hacía muchas veces intolerable por su levantisca independencia, era ahora un autómata, habiendo el temor roído poco a poco su firme voluntad. Sentía miedo ante el padre Claudio, personificación de aquella Compañía de Jesús, tan terriblemente poderosa.
Además, en su cerebro estaban muy embrolladas las ideas y no tenía ninguna creencia determinada que le diera valor para emanciparse de la tiranía encubierta que sobre él pesaba.
La desgracia le había hecho exageradamente religioso. Aquella rápida e inesperada muerte de la mujer amada, recordada a todas horas, le hacía ver la fragilidad de las cosas humanas, y la continua lectura de "La imitación de Cristo" exageraba su desprecio al mundo, engolfándolo cada vez más en la religión.
Convertíase el conde, por instantes, en un monomaníaco religioso; era un asceta en plena sociedad y veía en todas partes la mano de aquel Dios poderoso, vengativo y repleto de todas las pasiones humanas, del cual eran legítimos representantes los jesuítas.
A su buen juicio y a su propia experiencia no se les ocultaban los defectos y las ambiciones de la Compañía; pero la acomodaticia y absurda enseñanza religiosa de los jesuítas había trastornado su raciocinio, y pensando en que Dios saca muchas veces el bien del mal, y para la salvación eterna del hombre emplea los más difíciles y tortuosos medios, no sabía al fin qué pensar ciertamente y si considerar a los individuos de la Orden como dechados de bondad, que se sacrificaban dirigiendo la conciencia de los demás, o como diabólicos malvados, dignos de execración.
La imagen de aquel Dios iracundo y vengador que columbraba en el fondo de todos los libros religiosos, escritos con estilo de pegajosa dulzura, le hacían transigir con su actual situación, pues pensaba que tanto la muerte de su segunda esposa como la degradante dependencia en que vivía, siempre amenazado por las terribles revelaciones del padre Claudio, eran castigos impuestos por Dios para que de este modo expiase el crimen que había cometido en un instante de arrebato, dando muerte a Pepita Carrillo.
Pero en aquel cerebro, perturbado por los consejos del bello jesuíta y las costumbres y lecturas que éste le aconsejaba, no existía nada sólido, y de aquí que en ciertos instantes el oleaje de las ideas barriese unas para colocar otras en el mismo sitio.