Su sentido común, aunque amortiguado, lanzaba en algunos momentos rápidos destellos, y examinando los recuerdos que guardaba su memoria, adquiría el convencimiento de su degradación y de que la Orden tenía sobre él ambiciosas miras.
No; aquella Institución que tan villanamente había conspirado en París contra la fortuna de Avellaneda, no podía ser buena ni santa, a pesar de las explicaciones que daba el padre Claudio por librar a la Compañía de responsabilidad.
Había instantes en que la duda desvanecía por completo su fe, creada artificialmente por los jesuítas, y veía claro lo que éstos eran. Entonces temblaba, imaginándose que no habían terminado sus desgracias y que el terrible vampiro todavía había de intentar una nueva agresión por absorber aquella fortuna respetable que ahora pertenecía a sus hijos.
En uno de estos momentos de dudas fué cuando a doña Fernanda se le ocurrió proponer a su padre el ingreso de Enriqueta en un colegio dirigido por monjas, fundándose en razones tales, como que la educación de la niña estaba muy descuidada, que en casa lo revolvía todo con su genio rebelde, alentado por Tomasa, y que era lo más elegante y propio de una familia distinguida meter a los pequeños en un establecimiento de enseñanza que tenía la organización de un monasterio.
La baronesa, antes de que su padre le contestara, añadió que había consultado su idea con el padre Claudio y que a éste le había parecido muy bien.
La solterona sabía que para conseguir algo del conde no había como nombrar al hermoso y terrible jesuíta, pero en esta ocasión sus esperanzas resultaron fallidas.
Baselga se mostró más animado que de costumbre, y hasta su tez cetrina se coloreó un poco. Su voz, siempre lenta y fosca, se hizo rápida y vibrante, y con el mismo imperio que mandaba en otro tiempo a sus soldados, se negó a que Enriqueta saliese de la casa.
La baronesa quiso protestar, pero se detuvo ante el modo imponente con que su padre le dijo:
—Cállese usted; tengo motivos sobrados para negarme a que me despojen de mi hija y sé de quién nace la idea de que Enriqueta vaya a un colegio, así como también el porqué de tal consejo. Basta ya con que se me haya quitado a mi hijo.
El conde recordaba al hipócrita señor García y a María Avellaneda cuando fué llevada por éste a un convento de París.