Sin duda, la misma mano seguía moviendo a su familia y le quería arrebatar a Enriqueta después de haberse llevado a Ricardo.

Lo único que consolaba a Baselga es que éste sería un hombre y sabría librarse mejor que su hermana de las seducciones que pudieran ejercer sobre él por medio de una educación mística.

XI

Auxilio inesperado.

Transcurrió todo el verano sin que la existencia del capitán Alvarez se viese turbada por ningún incidente notable.

Hacía la vida de un oficial vulgar en tiempo de paz. Pasaba horas enteras en el café, murmuraba de sus superiores y de todo cuanto saltaba en la conversación, sin fijarse bien en lo que decía; en el cuarto de banderas lucía su ingenio de un modo gracioso, hasta el punto de hacer sonreír a los jefes más adustos, y seguía mereciendo el apodo de “Séneca” a los ojos del regimiento, que lo consideraba como una de sus glorias.

Sólo alguna noche rompía sus habituales costumbres, y era para acudir a aquella casa misteriosa donde le había visto entrar su asistente. Allí veía algunas veces al general Prim, y otras, con conspiradores tan conocidos como el coronel Moriones, el periodista Carlos Rubio o el agitador Muñiz, se ocupaba en los trabajos preparatorios de una revolución.

Haciendo esta vida le sorprendió el otoño. El tiempo que, según Voltaire, es el gran consolador, había desvanecido algo en el ánimo del capitán aquel recuerdo amoroso que tanto le dominaba algunos meses antes.

La imagen de Enriqueta Baselga, sólo muy de tarde en tarde, vigorosa, con luz fantástica y los contornos casi borrados, surgía en su imaginación, y el capitán se preguntaba:

—¿Qué hará ahora esa chica?