Sus trabajos revolucionarios, con los que exponía su carrera y hasta su vida, le preocupaban demasiado para permitirle, como otras veces, entregarse a románticas ilusiones, y de aquí que su antiguo amor estuviese amortiguado, aunque no por esto se hubiese borrado por completo.

Una mañana el capitán, cansado por algunas horas de ejercicio en el campo de maniobras, regresó a su casa en busca del almuerzo, y al entrar en su habitación vió sentada a la puerta de ésta a una mujer que conversaba amistosamente con la patrona.

Alvarez, ante la mirada de respetuoso cariño que le dirigió aquella mujer, detúvose un instante, al mismo tiempo que su patrona sonreía por hacer algo.

El capitán se fijó en ella. Tenía un aspecto vulgar y vestía modestamente, pero su mantilla y su traje, aunque algo ordinarios, eran flamantes, y demostraban cierta rumbosidad. Estaba ya la mujer rayando en la vejez, pero era alta y robusta; su cabello tenía el negro mate del plumaje del cuervo, y sus ojillos destacábanse vivos y maliciosos sobre las prominencias grasosas de su cara. En su apostura había algo de resuelto y varonil que la hacía simpática.

Al ver que Alvarez la miraba, levantóse de la silla, sonriendo de un modo franco, y dijo sin demostrar cortedad:

—Usted no me conoce, señorito, pero yo hace mucho tiempo que lo quiero. Vengo a buscar a su asistente Perico, y lo estoy esperando.

—¡Ah!—exclamó Alvarez, por decir algo—. Perico no tardará en venir.

—Usted debe de conocerme, porque algunas veces me habrá nombrado mi sobrino. Soy la señora Tomasa, la tía de Perico.

Alvarez sonrió con espontánea amabilidad. Efectivamente, conocía de nombre a aquella buena mujer, a aquella aragonesa todo corazón, que se desvivía por su sobrino, cuidando de llenarle el bolsillo, y que algunas veces le había enviado regalos a él mismo, agradecida por lo bien que trataba a su asistente.

Al capitán le resultaba muy simpática la tía de Perico, y además, encontraba en su apostura marcial y resuelta ciertas reminiscencias de su madre, aquella heroica navarra que pasó la luna de miel entre los peligros de la guerra carlista, sin llegar a saber con certeza lo que era el miedo.