—Entre usted en mi cuarto. Ahí está usted mal. Dentro esperará a su sobrino.
Cuando Tomasa tomó asiento en la habitación del capitán rompió a hablar inmediatamente, pues no era mujer que pudiera permanecer callada. Se enteró minuciosamente de si "el chico" cumplía sus obligaciones y de si daba algún pesar a su amo y ensalzó con pintorescas comparaciones el inmenso cariño que el asistente profesaba a su señorito.
—Yo, francamente, don Esteban, algunas veces tengo celos al ver lo mucho que ese muchacho le quiere a usted. Crea que le tiene una ley de dos mil demonios, y que si algún día se casa no ha de querer tanto a su mujer. Cuando una habla con él está inaguantable, pues siempre sale con la misma solfa. Que si su amo por aquí, que si su señorito por allá, que si el capitán Alvarez es el más guapo del regimiento, que si es el que sabe más... Crea que si Perico fuese mujer haría usted un buen negocio casándose con él.
Al capitán le hacía mucha gracia la charla francota de aquella aragonesa, y acogía sus palabras con sonrisas.
—Yo le tengo mucha ley al pobrecito; ya puede usted considerar: él solo es mi única familia, y además, apenas si ha conocido a su madre. Yo soy, fuera de usted, la única persona que le quiere, y si al morir dejo un duro será para él. Además, el chico podrá ser muy bruto, pero es dócil y sencillote y se deja llevar por donde una quiere sin decir una mala palabra ni perder nunca su buen humor. Mi gusto sería que saliese del servicio, que yo ya me encargaría de buscarle un buen acomodo; pero él, “erre” que “erre”, encaprichado con su señorito, y antes reventará de puro viejo que dejará de ser el asistente del capitán Alvarez... ¡Qué alegría va a tener el pobrete cuando me vea!
—Ahora recuerdo que estaba usted fuera; se lo he oído a Perico varias veces. ¿Y no sabe él su llegada?
—¡Qué ha de saber! Quería sorprenderlo, y por eso ha sido para él mi primera visita: llegamos anoche. Mi señor, con toda su familia, ha vivido algunos meses en una de sus posesiones.
Calló Tomasa, y durante algunos instantes reinó el silencio.
—Usted no cambia—dijo al fin la aragonesa, que era poco amiga de permanecer silenciosa—. Está ahora tan guapo como la última vez que le vi en la calle. A mí no me gusta alabar a nadie, pero crea que es de los militares más templados que se pasean por Madrid. De seguro que con usted no andarán con remilgos las mujeres. Debe usted de tener muchas novias.
Y la tía de Perico acompañaba estas francoterías con ruidosas risotadas que hacían reír también a Alvarez, algo ruborizado.