—Y luego, esos trajes tan majos, que caen tan bien a los buenos mozos. Mire usted, yo siempre he tenido ley a los soldados y los he mirado bien en mis tiempos, porque aunque ahora sea una un vejestorio capaz de meter miedo al más valiente, no por esto he dejado de tener mis veinte y llamar la atención como cualquier prójima.
Al capitán le hacía mucha gracia aquel carácter ingenuo y chusco a fuerza de ser franco, y de aquí que fomentase su charla y le dirigiese en tono festivo algunos cumplidos de su repertorio soldadesco.
—¡Bah! Me conozco y hace años que soy abuela; pero en mis tiempos he llamado la atención, y hasta sargentos bien portados se han parado para decirme: "¡Buenos ojos tienes!" Mire usted si a mí me ha gustado la gente de uniforme, que hasta en París, cuando estaba con mis antiguos amos, tuve un novio que era eso que allá dicen gendarme y que llamaba la atención por lo bien plantado y por sus bigotazos, que eran poco más o menos como los de usted. ¡Valiente perro era el tal “gabacho”! Con él me enseñé a mascullar un poco la jerga francesa, pero supe que el gran pillo era casado y con hijos y lo planté en la puerta. Eso sí; no he visto gente más lista de manos y de más malas intenciones que todos ustedes, con perdón sea dicho.
Alvarez seguía muy entretenido por la charla de Tomasa y la dejaba hablar mientras se despojaba de una parte del uniforme para que después lo cepillase Perico.
—Mi amo también fué militar en su juventud, y le aseguro que a buen mozo y bien portado, pocos le ganarían en su época.
—¿En qué casa sirve usted?
—Sirvo al conde de Baselga. Soy el ama de llaves y vi nacer a su esposa, así como he visto nacer a los hijos.
Poco faltó para que Alvarez, que acababa de sentarse, diese un salto en su silla. ¡Cómo! ¡La tía de Perico era la criada de confianza en casa de Enriqueta y él no lo sabía hasta aquel momento! Aquello resultaba casual, pero no podía ser más cierto. Alvarez oía hablar continuamente a su asistente de su tía y del señor a quien servía, sin que nunca, en su indiferencia, le ocurriese preguntar su nombre.
Ahora las palabras que acababa de decir la aragonesa le habían producido en su interior un nervioso sacudimiento, y como si una mano misteriosa hubiese abierto la atrancada puerta de los recuerdos, desparramábanse por su memoria todos los incidentes de su pasión amortiguada; el encuentro en el Retiro, los paseos por la calle de Atocha, los galopes ridículos por la Castellana y las furiosas miradas de la tía.
Por un extraño fenómeno la imagen de Enriqueta, que antes se extendía ante su imaginación vagorosa e incierta, surgía ahora en su memoria vigorosa y viviente, como si un cuerpo real acabase de pasar frente a sus ojos envuelto en nimbos de luz.