Por algunos instantes Alvarez estuvo tan turbado a causa del repentino descubrimiento, que no supo qué decir; pero al fin, con el deseo de saber algo cierto sobre la mujer amada, determinóse a excitar la charla de Tomasa.
—He oído algunas veces hablar del conde. Vive retirado del gran mundo y tiene dos hijos, ¿no es cierto?
—Sí; los señoritos Ricardo y Enriqueta, dos ángeles que me recuerdan a su madre, que santa gloria haya.
—En Madrid se habla de su gran fortuna. Son ricos y tienen los dos un brillante porvenir.
—Sí; ¡buen porvenir te dé Dios! Si El desde el cielo no arregla esto y hace que el demonio se lleve a la baronesa de Carrillo, esa hermanastra “arrastrá” que tanto martiriza a los dos, es posible que éstos no pasen de ser desgraciados.
—¿Tal mal los trata la baronesa?
—¡Calle usted! ¡Si aquello es para enrabiarse y echarlo todo a rodar! Figúrese usted que los dos pobrecitos son como todos los jóvenes, alegres, bulliciosos y amigos de ver mundo y de divertirse; pues a pesar de esto, la tal doña Fernanda, con sus consejos y los de los curas que continuamente la visitan, ha conseguido que los dos se conviertan en dos beatos y que hablen del mundo como si fuesen unos viejos cansados de él. Quien más lástima, me produce es el señorito Ricardo. ¡Ver un niño de doce años con deseos de hacerse fraile, cuando ya debía ir pensando en echarse una novia! Antes no era así, y le aseguro que en punto a alegre y amigo del bullicio le ganaba a su hermana; pero desde que lo metieron en el colegio de los padres jesuítas ha cambiado completamente, y como si ya fuese un cura se pasa las horas enteras entregado al rezo, y anda y mira del mismo modo que si llevase ya la sotana. Este verano lo ha pasado con nosotros en el campo, y hasta su mismo padre, el señor conde, se mostraba algo disgustado por las aficiones de su hijo. Y hay que tener en cuenta que mi señor, desde la muerte de la infeliz doña María, se ha hecho también un beato ceñudo y malhumorado, con el que no se puede hablar. En fin, aquella casa es un convento, y si no fuese por la ley que le tengo al conde y a los niños, hace tiempo que no estaría allí pues yo soy enemiga de las beaterías, tanto más cuanto que sé por experiencia lo que son los jesuítas.
—¿Y la señorita Enriqueta también es aficionada a la devoción?
—¡Oh! Esa no hay cuidado que por su propia voluntad abandone el mundo. Le gusta mucho la vida de señorita elegante, y cuando su padre, después de pensarlo mucho, se decide a ponerse sus condecoraciones y su uniforme de gentilhombre, y la lleva a un baile de Palacio, la pobrecita tiene para contar durante una semana. Su hermanastra quiere hacerla monja, pero a ella, aunque dice que sí por evitarse disgustos, se halla muy lejos de gustarle la vida de convento. ¡Buena monja te dé Dios! Ella sí quería ser monja, pero sería, como dicen en mi tierra, "monja de Santa Clara, de las que duermen con cuatro zapatos bajo la cama".
Y Tomasa celebraba sus propias agudezas con ruidosas risotadas.