Enriqueta acogió aquellas revelaciones ruborosa y con temor, manifestando al principio un leve disgusto. La mortificaba aquella pasión que tanto había indignado a su padre, y temía que llegase a tener noticia de sus confidencias con Tomasa la terrible baronesa, que era muy capaz de golpearla en un rapto de furor. Pero tenían para ella tal encanto aquellas conversaciones con la vieja ama de llaves en el obscuro extremo de un corredor o entre dos cortinajes del salón, siempre en zozobra, con el oído atento para evitar una sorpresa, que, aunque algunas veces se mostraba arrepentida de su imprudencia al dar oído a aquellas sugestiones amorosas, volvía poco después en busca de Tomasa fingiendo escaso interés; pero en realidad anhelante por saber algo íntimo de aquel hombre que decía amarla tanto.
El capitán, aunque procurando no llamar la atención, como en otras ocasiones, de la austera familia de Enriqueta, buscaba ocasiones para ver a ésta, recatándose con la timidez de un colegial que teme comprometer con su presencia a su amada.
Enriqueta, que pocas veces, burlando la vigilancia de doña Fernanda, conseguía asomarse al balcón, siempre que pegaba su interesante rostro a las vidrieras de aquél veía pasar por la acera de enfrente al capitán Alvarez, afectando el aspecto frío de un transeúnte, pero mirando con el rabillo del ojo a los levantados visillos, entre los cuales distinguía las hermosas facciones de la joven.
Habíase establecido entre los dos una comunicación misteriosa, propia de los héroes de las leyendas. A ciertas horas de la tarde, Enriqueta experimentaba una extraña conmoción que conmovía la red de sus nervios e inmediatamente se decía, con el convencimiento de quien habla de una cosa infalible:
—¡Va a pasar!
Y, efectivamente, apenas se colocaba tras los vidrios del balcón, Alvarez, con la mano en el puño de su espada, y contoneándose con toda la gallardía de un arcabucero de los tercios de Flandes, pasaba por frente de la casa mirando de soslayo y sonriendo de un modo gracioso.
Aquello era amor. Y aunque Enriqueta no quería confesarlo, Tomasa se mostraba cada vez más convencida de la naciente pasión de su señorita y la asediaba con más ahinco para que calmase las ansias del capitán.
El amor soñoliento y fantástico que muchos años antes en el barrio más tranquilo de París había profesado María Avellaneda al conde de Baselga volvía ahora a renacer en la hija, aunque no tan extremadamente romántico.
La persona de Esteban Alvarez había impresionado a Enriqueta, que estaba en la plenitud de una adolescencia apasionada, excitada más aún por una educación monjil, y que sentía verdadera hambre de amor.
En sus ensueños siempre figuraba el gallardo militar como el personaje que ocupaba el primer término del fantástico cuadro, y cuando, obligada por doña Fernanda, pasaba horas enteras leyendo en alta voz las lamentaciones de amor místico encerradas en devocionarios con tapas de tafilete y cantos dorados, su imaginación volaba hacia el hombre que tan profundamente la había impresionado, y cada vez que de su boca salían las palabras: "¡Oh, dulce Jesús mío!", "¡Oh, amadísimo Señor de mi alma y de mi cuerpo!", pensaba en Alvarez, pareciéndole el gallardo militar más digno de estas exclamaciones que aquel hombre macilento, desnudo y desgreñado que, clavado en un madero, figuraba en todas las láminas de sus libros.