A las pocas semanas de cuchichear con Tomasa, siempre sobre el mismo tema, y de contemplar al capitán haciéndola el amor de un modo tan prudente al par que apasionado, Enriqueta se dió ya por vencida. Seguía temiendo la explosión colérica de su padre y el incesante tormento de que era capaz su hermanastra; pero el amor podía más, e inconscientemente, sin reparar en los peligros, se decidía a aceptar los consejos de la vieja ama de llaves, que la empujaba a acoger benévolamente el amor de Alvarez dándole algunas esperanzas, aunque fuesen débiles.

Además, desde que el capitán volvía a hacerla la corte de aquel modo tan prudente, su familia de nada se había apercibido, y esto la hacía confiar en que sus futuros amores quedarían en igual misterio.

Enriqueta estaba ya decidida, y bastó que en una entrevista con Tomasa se decidiera a decir que creía amar al capitán y que al día siguiente contestase desde su balcón a las miradas apasionadas de aquél con una graciosa sonrisa, para que inmediatamente Alvarez saliese de su actitud puramente expectativa y diese lo que él consideraba el gran paso.

Tomasa, una tarde en que el conde estaba de paseo y la baronesa parecía muy ocupada en conferenciar, a puerta cerrada, con su director espiritual, llamó con gran sigilo a su querida señorita, y sonriendo maliciosamente como para quitar importancia al acto que realizaba, la entregó una carta sin querer decir quién la enviaba, aunque con picarescos guiños se esforzaba en dar a entender su procedencia.

Enriqueta quedóse perpleja con la carta en la mano, sin saber qué hacer. Un resto de su antiguo miedo la hacía detenerse antes de aceptar aquello que indudablemente era una declaración de amor, e intentó devolver la carta a la aragonesa; pero tan persuasiva fué la charla de ésta, con tal colorido supo describir el inmenso dolor que experimentaría el apasionado capitán al verse despreciado de aquel modo, que se decidió a aceptarla.

—Léala usted al menos, señorita—decía la vieja criada—. Indudablemente le dice a usted cosas hermosísimas..., cosas del otro mundo. Yo sé bien lo que son estos asuntos y lo que dicen tales cartas, y daría cualquier cosa por verme en el lugar de usted, no por ser joven y rica, sino por tener un amante tan guapo y tan apasionado. ¡Y cómo escribe! ¡Virgen santa! ¡Si tiene una mano para decir ternezas!... El otro día fuí a verle, y como si yo fuese usted misma, me leyó unos versos de los muchos que ha escrito sobre esa personita. Crea usted: aquello era tan tierno, tan bonito, que... ¡vamos!, la ponía a una carne de gallina. Ese don Esteban está chiflado por usted, y es tan sensible, que si mi señorita lo despreciase, el pobrecito sería capaz de pegarse un tiro.

Enriqueta se sintió conmovida en su infantil sencillez al saber que un hombre era capaz de matarse por sus desdenes, y esta figura retórica de la aragonesa fué lo que la decidió a guardarse prontamente la carta.

La caprichosa charla de su hermano Ricardito, que por algunas dolencias de su organismo enfermizo no había ido todavía a seguir sus cursos en el colegio de jesuítas, impidió a Enriqueta leer aquella carta que había escondido en su virginal seno y que con su contacto parecía abrasarle la fina epidermis. La esperanza de que a la noche conseguiría leerla no calmaba la impaciencia y la zozobra que de ella se habían apoderado.

¿Cómo serían las cartas de amor? Pronto iba a saberlo, así que todos se retirasen a sus habitaciones y ella quedase sola en su gabinete.

Aquella noche, en la soledad de su dormitorio, cuya puerta había cerrado, rodeada de infinitas preocupaciones y conmoviéndose asustada al menor ruido lejano que llegaba a sus oídos, se reveló el amor a un corazón joven con todo el perfume condensado y el estallido de brillantes colores de una rosa que rompe el apretado capullo.