Tomasa no era cruel, pero se entusiasmaba pensando en el escándalo que iba a producir el estado de la baronesa así que éste se manifestase más claramente, y saboreaba ya de antemano la vergüenza que esto iba a producir a su enemiga.

—Mira tú—decía a la doncella—que oponerse a que la señorita Enriqueta sea como todas las jóvenes y tenga un novio que la quiera bien, y ella, en cambio, procede como una perdida deshonrando esta casa tan respetable con las conferencias que, a puerta cerrada, tiene con el padre Felipe. Ahora pagará en junto todas sus perrerías, y no será flojo el escándalo que se armará cuando todo Madrid sepa que la señora baronesa de Carrillo, a quien los papeles públicos llaman todos los días dama virtuosísima y a la que ensalzan los jesuítas en sus sermones, está en estado interesante por obra y gracia del querido que le ha destinado la Compañía. No me gusta el mal de nadie, pero en esta ocasión, chiquilla, estoy más alegre que si me hubiera tocado el premio gordo de la lotería. A ver si de este modo esa tal aprende a tratar a los pobres con la cortesía que se merecen y no nos aturde más a todos los de esta casa con sus mandatos y sus palabrotas.

—Anoche—dijo la fea doncella—me encargó que avisara al padre Claudio para que viniera a hablar con ella lo antes posible. Querrá indudablemente pedirle consejo para evitar que la gente se entere de lo que la ocurre.

—Pues como no le abran la tripa y le saquen lo que tiene dentro—dijo Tomasa con brutal jocosidad—, no sé cómo podrá arreglárselas para que nadie en esta casa se entere del producto de las tales conferencias a puerta cerrada.

—Anoche hablaba de lo conveniente que sería para su salud pasar una temporada en el campo. Tal vez piense irse a cualquier parte donde no la conozcan, y allí echar al mundo el cachorro del padre Felipe.

Las dos sirvientas hablaron largamente sobre la baronesa y sus dolencias, salpicando su conversación de terribles sarcasmos, y al fin tuvieron que separarse al oír que repiqueteaba furiosamente la campanilla de la habitación de la baronesa.

Aquella mañana doña Fernanda envió por dos veces a su doncella a la residencia del padre Claudio y aguardó con marcada impaciencia la llegada de éste.

Eran ya las doce cuando el vicario de la Orden en España entró en la habitación de la baronesa, deshaciéndose en excusas por su tardanza. ¡Eran tan apremiantes y continuos sus quehaceres! ¡Le llamaban tan a menudo a Palacio para consultas de la reina, cuando ésta no se creía suficientemente asesorada por sor Patrocinio, la monja de las llagas! La impía revolución se mostraba cada vez más imponente, el espíritu popular, hostil a los reyes y a la Iglesia, crecía por momentos y era preciso que la Compañía de Jesús empuñase sus misteriosas armas y pusiera en juego los ocultos resortes de su monstruosa organización secreta para, de este modo, librar el trono en peligro.

No tenía tiempo para ocuparse de los asuntos de escasa importancia, de mezquinas cuestiones de familia, que quedaban al cuidado de sus subalternos; pero apreciaba tanto a la baronesa, que consideraba como hija suya; tan agradecida le estaba la Compañía, que él se apresuraba a acudir a su llamamiento.

Doña Fernanda, muy lisonjeada por las palabras corteses de aquel hombre, cuyo poder inmenso le era conocido, contestaba con sonrisas de agradecimiento, ruborizada como una jovencita al oír los primeros piropos.