La puerta del gabinete de la baronesa se cerró, con gran dolor para Tomasa y la doncella, que rondaban por las inmediaciones, deseosas de oír, aunque sólo fuera algunas palabras de aquella conferencia.
Más de una hora duró ésta, y las dos mujeres, aplicando el oído a la cerraja de la puerta, sólo pudieron escuchar los sollozos de la baronesa y algunas palabras sueltas, tales como “deshonra”, “escándalo” y otras de idéntico significado.
Cuando las dos sirvientas escaparon despavoridas al notar que la conferencia terminaba y la puerta se abrió, el padre Claudio, que salía llevando en el rostro un gesto malhumorado, al notar que en la habitación inmediata estaban Tomasa y la doncella, afectando una completa indiferencia, recobró rápidamente su sonrisa amable y dijo en voz alta:
—La salud de usted, señora baronesa, reclama muchos cuidados. No sea usted niña, y procure no extremarse en esa vida agitada que lleva en pro de la religión y la caridad. Sería de muy buen efecto que pasara algunos meses en el campo y para esto le recomiendo el punto que ya le he indicado. Dígaselo al conde, a quien ruego salude de mi parte. Yo no me puedo detener, pues me llaman mis ocupaciones.
El padre Claudio pasó por delante de las dos criadas y, como de costumbre, las dió a besar su mano, sin adivinar que, a pesar de su exterior grave y compungido, se reían interiormente de la enfermedad de la baronesa y de las recomendaciones del jesuíta. Ellas sabían el porqué de aquel viaje al campo.
Aquel mismo día doña Fernanda llamó a su padre, y el conde, a pesar de que sentía gran repugnancia de hablar con ella particularmente, y eran muy contadas las veces que había entrado en su habitación, acudió al llamamiento.
Oyó en silencio la relación que le hizo su hija de sus extrañas dolencias e inmediatamente la dió permiso para que fuera a pasar unos cuantos meses en los alrededores de Bayona, que era el lugar que la había recomendado el padre Claudio.
¡Valiente cosa le importaban a él los asuntos de aquella mujer a la que no podía ver sin que inmediatamente acudiesen a su memoria recuerdos que despertaban su odio! Conocía las costumbres de su hija y, mirándola fijamente, adivinaba la verdadera causa de aquellas dolencias.
En su concepto, hacía bien en ir a Bayona. Allí existía un gran centro de jesuítas, y las recomendaciones del padre Claudio servirían para encubrir el remate de aquella enfermedad, que nadie podía explicar mejor que el atlético padre Felipe.
Al día siguiente la baronesa hizo todos sus preparativos de viaje, y tres días después, sin otra compañía que la de su intrigante doncella, emprendió el viaje. Antes de partir, ya el padre Felipe se había hecho cargo de Ricardito, llevándolo nuevamente al colegio.