Con el viaje de doña Fernanda, la casa de Baselga quedó, como decía el ama de llaves, convertida "en una balsa de aceite".
La ausencia de la baronesa hacía imposibles todas aquellas escenas violentas, aquellos gritos descompasados y represiones continuas a que tan aficionada se mostraba doña Fernanda.
Tomasa, disponiendo y mandando como autoridad superior, estaba en sus glorias, y Enriqueta se consideraba feliz al no tener que vivir con aquella zozobra a que le obligaba su hermana con su astuta vigilancia. El poder escribir cartas a Alvarez a cualquier hora del día sin tener que encerrarse en su habitación y temblar al menor ruido, era para la joven una dicha inmensa.
—Ya verá usted, señorita—decía la aragonesa—, qué rica vida vamos a llevar ahora que no está aquí su hermana endemoniada. Desde que puedo pasearme por la casa sin temor de encontrarme con aquella cara de vinagre, al pasar una puerta me siento otra y hasta parece que me he quitado de encima una docena de años. El capitán ya sabe que la baronesa se fué ayer, y no puede figurarse cuán grande es su alegría, pensando que ahora podrá verla de cerca. Saldremos a paseo todos los días, pues hora es ya de que usted no pase la vida de monja profesa a que quiere acostumbrarla la baronesa. Don Esteban vendrá algunas veces con nosotros, pasearemos por donde nadie nos vea, y yo... me haré la ciega y la sorda, aunque el papel sea poco grato, para que ustedes puedan decirse cuanto gusten. Vamos... que algo tendrán ustedes que decirse después de amarse tanto tiempo sin haber hablado nunca.
El conde de Baselga no era obstáculo para aquel plan que Tomasa se proponía realizar. Seguro de la fidelidad de su ama de llaves, a la que consideraba como de su familia, dejaba a Enriqueta por completo a su cuidado y continuaba su vida aislada pasando los días encerrado en su despacho, sin otro recreo de vez en cuando que un paseo por los desiertos alrededores de Madrid.
Baselga se había transfigurado con aquel método de vida.
La soledad en que le obligaba a vivir su misantropía, habíale aficionado al estudio, y en su despacho, que antes sólo tenia por adornos armas de todas clases, amontonábanse ahora los libros.
Las lecturas literarias y filosóficas le repugnaban. El misterioso influjo que el padre Claudio ejercía sobre su conciencia había desarrollado sus sentimientos religiosos creando en él una susceptibilidad fanática que se irritaba a la más leve indicación contra aquel dogma en el que creía a ojos cerrados. Esto le obligaba a mostrarse tan preocupado en sus lecturas como en su vida y circunscribirse a determinados libros, pues la revolución rugía contra lo existente, y a despecho de las medidas y censuras del Gobierno, hasta en la más inocente obra literaria se deslizaban ataques sobre los ideales que tan entusiásticamente profesaba el conde de Baselga.
Este, ante todo era militar. La guerra constituía la principal afición de su carácter, y de aquí que, al buscar un remedio al fastidio que le devoraba en su vida aislada y casi frailuna, se entregase en cuerpo y alma a la lectura de obras militares. Cuanto se había escrito, en España como en Francia, acerca del arte de la guerra, fué coleccionándolo el conde en su biblioteca.
Aquel hombre, en su juventud tan insolente, despreciador de la ciencia, que después había hecho la guerra como soldado valiente, pero ignorante, que cree que la fuerza y el arrojo es todo cuanto necesita un guerrero para ser vencedor, mostrábase ahora avergonzado por su estupidez y se dedicaba al estudio con el ansia del que quiere recobrar el tiempo perdido.