Pareció a éste que no había transcurrido el tiempo, porque se encontraba aún en aquella misma mañana y que el año que había pasado con sus desconsoladoras excitaciones de impotente deseo y sus ensueños interminables era un rápido centelleo de su imaginación visionaria.
Tan penetrado estaba en esta ilusión que varias veces, con instintivo movimiento, volvió la cabeza al oír cómo crujía la arena del paseo bajo unas pisadas acompasadas. Era Tomasa, que marchaba lentamente y resignada, procurando que existiera alguna distancia entre ella y la pareja, para que los “muchachos” pudiesen hablarse con entera libertad. No era la baronesa, como se imaginaba Alvarez en su momentánea confusión, que le hacía creerse en la mañana misma que vió por primera vez a Enriqueta. Doña Fernanda se hallaba lejos del Retiro y más lejos aún de creer que su hermanastra paseaba al lado de "aquel militarucho insolente", oyendo con ruborosa complacencia sus razonamientos amorosos, que parecían salir de boca del galán de una comedia de capa y espada.
¡Cuán dulces fueron las emociones que experimentaron los dos jóvenes en aquella primera entrevista! Cada una de sus confianzas costábanles un sinnúmero de vacilaciones, de las que luego se reían con inocente candor. Necesitó Alvarez mostrarse cómicamente grave para que Enriqueta accediese a tutearle, como ya acostumbraba a hacerlo en las cartas, y para excusarse la joven dijo, con una franqueza adorable, que le daba vergüenza hablar con tanta confianza a un señor que tenía más años que ella.
Si Tomasa no está allí, Alvarez se la hubiera comido a besos.
Era ya mediodía y todavía la pareja, como cometa amoroso cuya cola era el ama de llaves, iba a la ventura corriendo en caprichoso zigzag el gigantesco parque, con gran desesperación de Tomasa, que comenzaba a cansarse y a sentir cierto enojo por la falta de atención de los enamorados, que no querían sentarse en ningún banco. ¡Aquellos malditos novios no llegaban a cansarse!
Esto y lo avanzado de la hora obligó a la franca aragonesa a intervenir en el amoroso diálogo.
Vamos, ¿no había ya bastante? ¿No era ya hora de retirarse a casa antes que el conde, al dirigirse al comedor, se extrañara de la tardanza de su hija?
—Ahora mismo nos iremos—contestaba Enriqueta, y volvía inmediatamente a mirar a su novio, reanudando la interrumpida conversación y siguiendo el paseo.
Varías veces hizo Tomasa sus advertencias, obteniendo siempre idéntica contestación. No era empresa fácil separar aquella pareja embriagada por el amor y que, arrullándose con las caricias de su mirada, perdía completamente la voluntad.
Aquel paseo se hubiera prolongado hasta la noche a no ser por la energía de la vieja doméstica, que con el rostro grave se plantó ante los dos amantes impidiéndoles el paso.