—No son ustedes razonables—les dijo—. ¡Ah, la juventud, la juventud! Todo quieren comérselo en un día, aunque después se mueran de hambre. Piensen ustedes que, si no se separan inmediatamente, alguien podrá sospechar lo que ocurre, en vista de nuestra tardanza, y ya no volverán a repetirse estas entrevistas... En fin..., señorita Enriqueta, yo no estoy dispuesta a comprometerme tontamente, y si no nos vamos en seguida a casa, juro no volver a traerla más aquí.
Los novios se decidieron a separarse, y a corta distancia del lugar donde esperaba el coche verificóse la despedida.
Enriqueta, sonriendo con cierta pena en vista de la brevedad del placer, pues aquellas dos horas le habían parecido un minuto, tendió su enguantada manecita al capitán, quien la estrechó entre las suyas con energía cariñosa.
El dulce calor que transpiraba la fina cabritilla envolviendo aquella mano delicada, causó gran efecto en Alvarez, que se estremeció de pies a cabeza. Fué aquello un latigazo de esa extraña voluptuosidad que pone en tensión los nervios y embriaga el cerebro sin conmover ni una sola fibra de la carne.
Fuése alejando Enriqueta, y antes de desaparecer volvió la cabeza varias veces para enviar a su amado sonrisas de felicidad.
Aquella fué la época feliz de Alvarez, que hasta entonces no había conocido realmente el amor.
Ver a Enriqueta y hablarla era su mayor placer, y la felicidad llegó a hacerle exigente hasta el punto de mostrarse malhumorado el día en que por cualquier accidente no podían las dos mujeres salir de casa y dejaban de acudir al punto de cita.
Llovía aquel año con frecuencia, y Alvarez, que antes se preocupaba muy poco de las variaciones del tiempo, dormíase ahora todas las noches pensando con inquietud en la problemática bonanza del día siguiente.
La lluvia o el frío malograban los paseos amorosos por el Retiro, y si Enriqueta y su fiel Tomasa se decidían a salir era para ir a alguna iglesia donde los amantes sólo podían mirarse de lejos, hablándose con los ojos. Un delicioso rozamiento de dedos al ofrecer el agua bendita de la pila, era lo único que alcanzaba el capitán en aquellas mudas entrevistas en el fondo de alguna iglesia obscura y mal oliente, conmovida por el monótono rugido del canto llano y el murmullo del rezo de las beatas.
Las entrevistas en el Retiro, aquellos paseos por avenidas alfombradas de hojas secas y orladas por grupos de árboles que con cierta salvaje grandeza cortaban el cielo con su pelado ramaje de esqueleto, gustaban más a los dos amantes, y especialmente a Enriqueta, que acudía al público parque apenas el día no se mostraba tormentoso.