El "pollo" Quirós, como le llamaban en el Casino, era el más acabado tipo del vividor elegante.
Aquella sociedad aristocrática que le mimaba dispensándole algunas consideraciones, tal vez lo despreciaba en el fondo, considerándolo como un ser insignificante por su posición poco desahogada; aquellos marquesitos que le consultaban mirábanle en ciertas ocasiones con la superioridad que tiene el que sirve al Estado por gusto, sobre el que es empleado por comer; pero Quirós, a pesar de conocer el verdadero concepto que merecía a aquellas gentes, continuaba como siempre, y explotando la benevolencia de unos y otros, iba echando raíces que aseguraban los avances que hacía, siempre en busca de fortuna.
Los cambios políticos, esos terribles cataclismos para el empleado, que barren furiosamente el personal de las oficinas para sustituirlo por otro tan inepto como el anterior, aunque más hambriento, no conseguían atemorizar a Quirós, que se consideraba muy fuerte y seguro en el puesto que ocupaba. Empleado por los moderados en el período álgido de la brutal dictadura de Narváez, y significado por sus exageradas muestras de adhesión al Gobierno, al subir al Poder la Unión Liberal esperaban todos sus compañeros que cayese sobre él la cesantía; pero ésto no llegó y en su lugar vino un ascenso.
Tenía amigos protectores en todos los partidos; sus superiores le querían, los títulos más linajudos le daban su protección, y especialmente contaba con el apoyo del padre Claudio, a quien había conocido en el mundo elegante y el cual le apreciaba haciéndose lenguas de su talento. El jesuíta había adivinado en él un hermano malogrado que de llegar a vestir la sotana hubiera prestado grandes servicios a la Orden como confesor de princesas e intrigante palaciego.
—Me río yo de los cambios políticos—decía el joven vividor con aire de hombre confiado—. Yo estoy a prueba de cesantías, y mientras tenga tan buenos amigos me da lo mismo que mande O’Donnell o Narváez.
Quirós no contaba únicamente con sus cualidades de joven laborioso, amable y sencillo. Tenía otras que le hacían ser muy apreciado en la alta sociedad, especialmente por las señoras y los personajes serios.
Ante todo era un espíritu profundamente religioso. Era, según la feliz expresión del padre Claudio, un muchacho como ya no los había en este siglo de escepticismo y de incredulidad.
¡Con qué fervor hablaba Quirós en los bailes, entre un vals y un rigodón, de la santa religión católica, ante un grupo de viejas retocadas que rabiaban al tener que desempeñar el papel de beatas, ya que no podían hacer lo que en sus juveniles tiempos! Con tanto fuego y acento tan expresivo defendía a la religión aquel diplomático vividor, que hubo quien le comparó una vez al elocuente San Bernardo, ignorando, sin duda, que el fanático competidor de Pedro Abelardo no sostenía contiendas religiosas, después de haber disertado con brillantez en una mesa del Casino, acerca de la nueva forma de los fracs y de los botones que debían llevarse en la pechera.
Donoso Cortés era el modelo de oratoria, el gran maestro para aquel intrigante aprovechado, y con acento declamatorio, mirando unas veces al cielo como víctima que pide misericordia, y tronando otras con acento apocalíptico, ensartaba lugares comunes para arrojarlos contra la sociedad descreída que odiaba a los sacerdotes y se mofaba del catolicismo, prediciendo un sinnúmero de catástrofes horripilantes si el mundo no se separaba de la senda de perdición a que le impulsaban las doctrinas republicanas y librepensadoras.
¡Qué talento tenía aquel Joaquinito! Lo malo era que algunos de sus aristocráticos compañeros de oficina, oyéndole perorar de este modo ante unas cuantas viejas y antiguos calaveras convertidos ahora en beatos, aunque ponían una cara compungida, propia de un devoto indignado, se reían en su interior, recordando alegres cenas en un gabinete particular de Fornos, donde Quirós, dando besos y pellizcos a las convidadas que tenía más cerca, se esforzaba en demostrar que en el mundo todo es carne y dinero y que el hombre de talento debe excederse por alcanzar estos dos medios de felicidad, dejando para el populacho el consuelo de la religión, que él calificaba de farsa, entre las risotadas de aquellos marquesitos que pertenecían a familias muy cristianas y habían sido educados por los padres jesuítas.