—¡Valiente farsante!—decían admirados al oírle declamar a favor de la religión aquellos hijos de familia que en sus casas se veían precisados a proceder tan hipócritamente, aunque con menos talento.

Quirós no se contentaba con ser un predicador de salón, pues ansioso de ganar alguna notoriedad, escribía en el "Boletín de las Damas Católicas", un periódico que pasaba por órgano del padre Claudio y cuyos números figuraban en los tocadores de las señoras de la aristocracia, manchados muchas veces por el colorete y el agua de Colonia. En aquella publicación, que era como la trompeta de la elegancia devota, llamando sin cesar a que se prosternasen a los pies de los jesuítas todas las personas de gran fortuna, Quirós publicaba artículos trascendentales sobre la inmoralidad de los tiempos o acerca de la impiedad reinante, tratando con un desdén olímpico a un joven catedrático casi desconocido que se llamaba Castelar, y que en la Universidad Central daba rudos golpes al ultramontanismo fanático, explicando historia, y a un tal Pi y Margall que escribía libros sobre arte y ciencia canónica, que la autoridad se apresuraba a recoger con tanta presteza como si se tratase de combatir una invasión epidémica.

¡Qué cosas se le ocurrían al "pollo" cuando trataba con tan soberano desprecio a aquellos escritorzuelos impíos, y con qué desparpajo se burlaba de ellos!

Aquello era escribir, según la opinión del padre Felipe y todas sus antiguas penitentas, y no lo que hacían unos libelistas que el pueblo se empeñaba en aplaudir y que sólo sabían hablar mal de la Iglesia, fiel representante de Dios.

Quirós, sin perder en la alta sociedad su carácter de hombre elegante, que buscaba un acomodo definitivo, por ejemplo, una esposa rica, consiguió fama de joven juicioso y de escritor notable, viniendo a coronar su reputación una novela titulada: "¡Pobre Eulalia!", engendro lacrimoso y dulzón que, encuadernadito en color de rosa, salió de la imprenta para ser hojeado por blancas y aristocráticas manos, descansando sobre el mármol de los tocadores o en el fondo de perfumados costureros acolchados de raso. Fué aquello un éxito espantoso, una apoteosis de amables sonrisas y de encantadoras felicitaciones de un púbilco femenino entusiasmado por la moral de aquella novela. ¡Cuánta pulcritud en el argumento! Aquella obra era un dechado de delicadeza y pregonaba el sorprendente talento del autor. Los personajes hablaban como serafines, se pasaban la vida suspirando; no conocían sino de oídas la maldad, que tanto abunda en el mundo, y se movían como las figurillas de un teatro mecánico a voluntad del escritor. La protagonista, joven cándida, inocente y angelical, envuelta siempre en blancas vestiduras y tan ideal y vaporosa a fuerza de ser llorona que llegaba a dudarse si sus diminutos pies tendrían a continuación carnales pantorrillas, pasaba las de Caín perseguida siempre por el traidor de la obra, un señor que, por añadidura, nunca iba a misa y hablaba mal de los curas; pero el lector, después de sufrir y llorar con las desdichas de Eulalia, quedaba consolado y alegre, pues en el epílogo moría el monstruo y triunfaba la inocencia, pues hay un Dios que premia la virtud y castiga la maldad, aunque en el mundo vemos lo contrario todos los días.

Los mismos periódicos que hablaban con fruición de la caridad y de las costumbres virtuosas de la baronesa de Carrillo, se hicieron lenguas de la flamante producción de don Joaquín Quirós, "uno de los más decididos adalides de nuestra santa causa", y el joven consiguió un triunfo completo.

A los veintinueve años Quirós se acordaba algunas veces de la miseria que había sufrido en su niñez y de las privaciones terribles que para educarle se imponía su difunta madre, y al verse en la actualidad considerado en unas partes como hombre distinguido, en otras como necesario, y en todas como digno de aspirar a más altos destinos, reconocía que la suerte no le había sido esquiva y que aún podía prometerse mayores felicidades en el porvenir.

Como escritor religioso y joven distinguido figuraba en varias asociaciones devotas. Era aquél el tiempo de las cofradías, pues la sociedad elegante reflejaba las aficiones de la corte, donde imperaban como consejeros supremos Sor Patrocinio y el padre Claret. El general O’Donnell, para agradar a la reina y conservar el Poder, veíase obligado a ir en las procesiones de la cofradía de San Pascual, con el escapulario al cuello y el cirio en la mano, y cuando tal hacía el jefe del Gobierno, inútil es decir el deseo de imitación de aquella sociedad aristocrática que amoldaba todos sus gustos y diversiones a aquellas que privaban en Palacio.

Ser miembro importante de una cofradía aristocrática, de una de las asociaciones creadas con aparente fin benéfico por la incesante propaganda jesuítica, equivalía en aquella época a tener abiertas las puertas de los principales centros oficiales, a ser considerado como un alto personaje revestido de cierta inmunidad, y por esto el aprovechado Quirós, que nunca se equivocaba al elegir el más rápido camino para hacer carrera, mostró gran empeño en tomar importante participación en aquella corriente religiosa y ofreció su servicio a cuantas fundaciones de tal género se iniciaron.

La directora de aquel movimiento devoto, el centro de aquel torbellino de fingida fe, era la baronesa de Carrillo, y bajo su protección se puso el aprovechado Quirós, prestándose a desempeñar el cargo de secretario en cuantas corporaciones fundaba doña Fernanda.