Las ocupaciones que este cargo llevaba anexas obligaban al joven a conferenciar frecuentemente con doña Fernanda, y de aquí que visitase casi diariamente la casa del conde de Baselga, donde llegó a ser casi tan considerado como el director espiritual de la baronesa.
Los criados encontraban a don Joaquín un señorito muy simpático, que tenía sonrisas y palabras amables hasta para el mas ínfimo servidor; doña Fernanda aprovechaba todas las ocasiones para hacerse lenguas de su talento y su religiosidad, y Enriqueta era la única que lo miraba con cierta indiferencia, considerándolo sin duda como un ser superficial e insignificante, con ese buen golpe de vista que poseen muchas veces las niñas más inocentes.
El conde de Baselga consideró, al principio, del mismo modo que su hija a aquel joven tan locuaz y adulador, pero poco a poco fué interesándose por él, y de una indiferencia despreciativa pasó a un afecto que poco a poco fué creciendo y dominándolo.
Era que la astucia de Quirós había adivinado el punto flaco de aquel carácter taciturno y desconfiado, y comenzaba a explotar sus aficiones y creencias.
El afecto de Baselga considerábalo de gran importancia para él, y de aquí que hiciese toda clase de esfuerzos para ser su amigo.
Quirós comenzó por mostrarse carlista y hacer, cuantas veces se hablaba de política en presencia del conde, apasionadas profesiones de fe en favor de la buena causa. Cada uno de aquellos ditirambos que soltaba en honor de la rama legítima de los Borbones y del absolutismo, acompañados de maldiciones a Fernando VII, valíale fijas miradas del conde, que le escuchaba sin romper su obstinado silencio.
El era carlista y no tenía inconveniente en decirlo en todas partes, así como en asegurar que si servía al legítimo gobierno de Isabel II era porque ésta, en su concepto, no tardaría en ser iluminada por Dios con la luz de la verdad, lo que haría que ésta entregase la corona a sus parientes, que era a quienes pertenecía. Además, él estaba empleado en el Ministerio de Estado porque así lo exigían sus correligionarios, pues desde su puesto podría servir mejor a los intereses del partido.
Aquellas declaraciones, unidas a ciertas oportunas muestras de interés, lograron conmover al conde, que, faltando a sus hábitos de misantrópica reserva, comenzó a dispensarle cierta confianza.
Baselga, después de muchos años de aislamiento social, experimentaba la apremiante necesidad de comunicar a alguien sus pensamientos y entablar una íntima relación.
Renacía el hombre en él, con todos sus naturales necesidades, y sus aficiones al estudio, así como el aventurado plan que hervía en su cerebro, algo perturbado, le obligaban a buscar un verdadero amigo en quien depositar sus locas ilusiones.