El fallecimiento del general era cosa segura en plazo no muy largo, y el gallardo jesuíta pensaba dar antes un golpe que le proporcionara inmenso renombre en la Orden y que le facilitara su elección en Roma.

Un negocio afortunado que hiciera ingresar en las arcas de la Compañía muchos millones era el golpe que él necesitaba para preparar su elección de general, y por esto se acordó de la fortuna de los hijos de Baselga, que tanto había perseguido la avaricia jesuítica.

Lo que el padre Fabián Renard no había podido lograr, él lo conquistaría, consolidando de este modo su fama de hombre astuto e invencible en punto a procurar buenos negocios a la Orden.

Ya sabemos el sistema que el reverendo padre se proponía usar para ir despojando a los hijos de Baselga. Aquellos dos jóvenes, sobre los que tenía puestos sus ojos la Compañía, abrazarían el estado religioso y harían una donación de sus bienes a la Orden, que, correspondiendo a tal merced, los tendría toda la vida alejados del mundo y encerrados en un claustro donde podrían ganar el cielo.

Agitado por tales ideas hizo el padre Claudio su visita a la baronesa.

Era preciso acelerar el negocio y hacer que cuanto antes entrase Enriqueta en un convento.

No era el gallardo jesuíta amigo de preámbulos ni de artificiosos rodeos cuando hablaba con amigas tan íntimas y subordinadas fieles como lo era la baronesa de Carrillo, así es que inmediatamente abordó la cuestión.

Enriqueta tenía ya edad para entrar en un convento y aficionarse verdaderamente a las dulzuras de la vida monástica, preparándose a prestar sus votos. ¿Qué ganaba permaneciendo en aquella casa a la cual, aunque muy santa y muy cristiana, llegaban las murmuraciones del mundo? Enriqueta, permaneciendo como hasta aquel momento en continua relación con la servidumbre, corría el peligro de saber cosas que destruyeran su infantil inocencia; y tales aspavientos hacía el jesuíta al decir esto, de tal modo se horrorizaba aparentemente al pensar en la posibilidad de que alguna palabra indirecta se deslizase en sus virginales oídos, que no parecía sino que la casa de su padre era un lugar de perdición para la joven.

Doña Fernanda, como era su costumbre, siempre que oía al poderoso padre Claudio, asentía a todo y se mostraba dispuesta a obedecer sus órdenes.

—Ya lo sabe vuestra paternidad; yo soy su sierva espiritual, su humilde penitente, y estoy dispuesta a cumplir cuanto se sirva mandarme. Realmente esa niña no está muy bien aquí, pues aunque todas las personas que visitan la casa son buenas cristianas, el mundo se halla tan pervertido, que es fácil que se deslicen hasta aquí palabras y ejemplos que perturben a una joven prometida del Señor.