Y la amiga del padre Felipe, que a fuerza de rozarse con los jesuítas se había asimilado mucho de su meliflua elocuencia, aprovechó la ocasión para disertar ante su superior sobre la corrupción de la sociedad por sus tendencias impías, asegurando que la virtud estaba desterrada, ocultándose únicamente en las personas piadosas; ella, por ejemplo.
Los dos compadres en Cristo no tardaron en entenderse y quedaron perfectamente convenidos en lo que debían hacer.
Enriqueta entraría cuanto antes en un convento que designaba el padre Claudio, pero primeramente había que lograr el permiso de su padre el conde de Baselga, cosa que no creía tan fácil el director espiritual ni su penitente.
—Yo, reverendo padre, le anticipo con harto dolor mío que nada conseguiré. Mi padre me aborrece, esto bien lo sabe su paternidad, y yo sospecho el porqué, y, por tanto, no esta demanda, sino otra que le hiciera, me la negaría seguramente. Ya recordará vuestra reverencia que rotundamente me dijo que no el día que yo le indiqué la conveniencia de que Enriqueta fuese a educarse en el convento. Donde usted le ve, a pesar de sus alardes de religiosidad, yo creo que es todo un impío, y más ahora, que se ha dado de lleno a los libros.
—¡Ah! ¡Los libros!... ¡Mala cosa es eso!
Y el jesuíta decía esto con acento de distracción, al mismo tiempo que con la cabeza inclinada parecía reflexionar profundamente.
—Será mejor, amiga mía—dijo después de un larga silencio—, que yo hable al conde. Efectivamente, él no hace gran caso de la hija de su primer matrimonio y de seguro que le producirán más efecto mis palabras. Sin embargo, tratándose de un hombre como él, este asunto no debe llevarse precipitadamente. Conozco su carácter y sé que es preciso explorar primeramente sus intenciones e ir poco a poco convenciéndole de la conveniencia de dedicar a Enriqueta a la vida monástica, sobre todo si la vocación de la niña es segura.
—¡Oh! En cuanto a eso no hay cuidado. La vocación es segurísima. Enriqueta no hace nada más que lo que yo la mando.
La baronesa hablaba de las aficiones religiosas de su hermanastra con completa seguridad, aunque nunca había logrado de ella una contestación categórica, ni se había tomado el trabajo de consultarla sobre aquel porvenir que la preparaba... ¿Para qué? Ella, la señora de aquella voluntad, tenía el poder de atemorizarla con una mirada o con un gesto, y creía ridículo detenerse a inquirir lo que pensaba aquel ser que había educado para una vida automática.
Desde aquella conferencia y después de haber combinado su plan el jesuíta y la baronesa, Baselga comenzó a sufrir un asedio del que tardó en darse cuenta.