Atrevióse a protestar varias veces, manifestando que nunca podría olvidar a Esteban Alvarez; pero aquel viejo, que tan dominado estaba por una pasión póstuma y sin esperanza, mostrábase escéptico con los amores de la juventud y no creía en su firmeza indestructible.
—¡Oh! Eso se dice siempre—exclamaba Baselga riendo—. La juventud es en todas las épocas lo mismo. ¡Cuántas veces, cuando yo era mozuelo, juré eterno amor, y a los cuatro días me olvidé del juramento! ¡Cuántas de esas viejas damas que tú conoces en las reuniones me prometieron en la primavera de su vida no olvidarme nunca, y, sin embargo, poco después se casaron con otros! Esas protestas de amor son muy bonitas, pero mira, yo estoy seguro de que sólo se cumplen en novelas. El corazón a los veinte años es olvidadizo; necesita muchas emociones, y éstas sólo se encuentran cambiando mucho. Lánzate al gran mundo, obedéceme divirtiéndote todo lo que puede una joven aristocrática y bien educada, y yo te aseguro que antes de medio año te has de olvidar de tu capitán.
El conde siguió hablando en este tono, y tan ocupado estaba en pintar a su hija un risueño porvenir, que se olvidaba de su célebre conquista de Gibraltar y de la posibilidad de dejar abandonada a Enriqueta para ir a cumplir sus aspiraciones patrióticas.
La joven conocía ya completamente el deseo de su padre. Nada de ser monja ni de hacer caso de las pérfidas sugestiones de la baronesa, pero menos aún de continuar las relaciones amorosas con un hombre de tan humilde posición como Alvarez. El conde ya le buscaría para marido un general, un embajador o un grande de España, que aumentase el lustre y prestigio de la casa de Baselga. Esta no había de ir abajo como otras casas nobiliarias; antes perecer que consentir la decadencia, pues él, don Fernando Baselga, se había empeñado en que su nombre llegara a ser el primero entre toda la aristocracia española.
Enriqueta estaba en peor situación que en su escandalosa conferencia con la baronesa. Al menos en ésta, al oír cómo insultaban a su novio, había sabido defenderle y sostener su pasión; pero ahora, en presencia de su padre, carecía de tal recurso, pues el conde le hablaba con bondad y le pedía que olvidase sus amores haciendo valer sus canas y su cariño de padre.
Notaba la joven en ella misma una impresión reciente y extraña, y era que el cariño que ahora sentía por su padre, inmenso y ardiente, ejercía sobre su ánimo tal seducción, que hacía vacilar un tanto su inflexibilidad en defender su amor.
El golpe que ella esperaba por parte de su padre no tardó en llegar.
—Es preciso, hija mía—dijo el conde, acompañando sus palabras de bondadosas caricias—, que terminen cuanto antes estas relaciones que me disgustan. Nadie como tu padre querrá tu felicidad en este mundo y es preciso que me obedezcas, pues de este modo tú serás dichosa y yo me consideraré como el más afortunado de los hombres. ¿Tendrás valor para negar lo que te pide tu padre? Piensa, hija mía, que he sido muy desgraciado y que el colmo de mi infelicidad sería que mis hijos se rebelasen contra mí.
Enriqueta estaba conmovida por el acento triste y resignado con que su padre le hablaba.
—¿Y qué quiere usted de mí, papá?