—Que escribas inmediatamente a ese joven diciendo que no le amas y que todo ha terminado entre los dos.

Era una proposición igual a la de la baronesa, pero a pesar de ello no tuvo la fuerza que en aquella ocasión para negarse.

La impresionaba la presencia de aquel padre cuya alma grande y amorosa acababa de conocer, y temía rebelarse, por el inmenso dolor que esto pudiera producirle. Bastante había sufrido en este mundo para que ella fuese ahora a aumentar sus penas.

—Pero, papá—se limitó a decir, con ligera entonación de protesta—. ¡Si yo le amo!... Eso sería mentir.

—Bueno. No mientas y omite el decirle en tu carta que no le amas. Dile sencillamente que todo ha concluído y que no piense más en ti. Este es el sacrificio que te pide tu anciano padre. ¿Te negarás a ello? ¿No serás, como yo creo, una joven sencilla y buena que no quiere acibarar la vida que le queda al que le dió el ser?

Enriqueta, conmovida, levantóse de las rodillas de su padre donde estaba, y se sentó en el sillón que había junto a la mesa.

Tenía los labios fruncidos y en su rostro adivinábase el supremo y doloroso esfuerzo que le costaba la resolución que acababa de tomar.

—Dicte usted—fué lo único que dijo, con expresión enérgica y como si pisotease su rebelde corazón.

Aquello conmovió al conde y tuvo que hacer esfuerzos para no llorar.

Después de buscar en los cajones de la mesa papel de cartas, Baselga dictó y la joven fué escribiendo sin oponer ninguna protesta ni hacer gesto alguno de desagrado.