—Confío—continuó el padre Claudio—que todo quedará en secreto y serás tan fiel como siempre lo has sido. Pon, pues, todas las notas referentes al capitán Alvarez en carpeta aparte, y que sea un secreto para todos lo que se haga en tal asunto.
El secretario siguió escribiendo durante algunos minutos, pero, de pronto, hizo un rápido movimiento, y se encaró con su superior.
—Reverendo padre—dijo—, ya sabéis que os quiero.
—No mucho. Me debías querer verdaderamente, pues todo cuanto eres me lo debes a mí; pero, en fin, prefiero que me tengas un afecto débil a que seas mi enemigo. ¿A qué vienen tus palabras?
—A que por lo mismo que os quiero, no puedo menos de lamentar que os separéis demasiado de vuestros deberes. Son muchos ya los asuntos que figuran en carpeta aparte, y de los que no se da conocimiento alguno a Roma.
El padre Claudio hizo un gesto expresando el poco cuidado que le daba tal indicación.
—Hacéis mal en trabajar tanto por vuestra cuenta, y en faltar continuamente a nuestras leyes. Yo guardaré siempre el secreto; pero esto no supone que vuestros negocios queden ocultos eternamente a los ojos del general.
—¡Ah! Guardando tú el secreto, ¿quién puede enterarse de mis asuntos?
—Ya sabéis que en nuestra Orden todo se sabe.
—Por esta vez, no se sabrá. Tengo tomadas mis precauciones, y estoy seguro de que si algo llega a oídos del general, será porque tú me habrás vendido. Ya estás enterado; ahora, a trabajar.