—Reverendo padre, ya conocéis los estatutos de la Orden.

—Te pregunto si te parece censurable mi conducta. Responde terminantemente.

—Ya que me preguntáis, fuerza es contestar, cumpliendo mi voto de obediencia. La Orden tiene leyes, y nadie debe faltar a ellas.

—¿Y te parece que yo falto?

—Nuestros estatutos disponen que todo individuo de la Compañía dé cuenta de sus asuntos a sus superiores provinciales y nacionales, y que éstos, igualmente, lo comuniquen todo al padre general.

—Y yo, que oculto algo a los de Roma, falto a nuestras leyes, ¿no es esto?

—Así es, seguramente.

—Celebro que seas franco. Yo lo seré de igual modo, diciéndote que conviene que te convenzas de todo lo contrario. Es por tu bien. Hay cosas que resultan peligrosas únicamente al pensarlas.

Y el padre Claudio sonreía al decir esto, y fijaba en su secretario aquella mirada extraña, que hacía temblar a cuantos le conocían.

—Está bien, reverendo padre—contestó fríamente el secretario—. No olvidaré vuestras indicaciones.