—¿Y no sabe más?

—Ha indicado un dato de gran estima. El tal capitán, como ejerce de secretario del Comité, tiene en su poder papeles importantes y comprometedores, y, según cree nuestro agente, los guarda en su domicilio.

—Sí que es de importancia la noticia. Con este dato ese hombre está por completo a nuestra disposición. Ya pensaremos en el medio más adecuado para que el Gobierno se incaute de esos papeles y dé su correspondiente castigo a los conspiradores. ¿No hay más asuntos?

—No, reverendo padre.

—Saca extracto de las dos primeros, el del periodista y la murmuración del jefe del Gobierno, para enviarlos al archivo de Roma, como es costumbre.

—¿Y el otro?—preguntó el secretario, lanzando una rápida mirada a su superior.

—¿Te refieres al asunto del capitán Alvarez?—dijo el padre Claudio—.¡Oh! Ese es negocio particular, que sólo a mí me importa, y del que no es necesario que sepan una palabra en Roma. Es una pequeña venganza, un desahogo que me permito, y no creo necesario ocupar la atención del general y de sus secretarios con tales nimiedades.

El secretario siguió escribiendo, con la cabeza baja, y sin hacer el menor movimiento; pero el padre Claudio, bien fuese por curiosidad o porque adivinase sus pensamientos, sintióse impulsado a preguntarle:

—Oye, Antonio, ¿te parece mal lo que yo hago?

El secretario clavó su mirada con cierta audacia en los ojos de su superior.