—Vamos a ella. ¿De quién es?

—De aquel teniente retirado a quien hace más de quince días encargó vuestra reverencia que siguiese los pasos a un capitán llamado don Esteban Alvarez.

—¿Y han llegado, por fin, los informes? ¡Gracias a Dios!

—Caros han costado. He dado tres mil reales al tal teniente.

—No hay que reparar en gastos cuando se trata de asuntos importantes. Ve diciendo.

Y el padre Claudio se colocó en actitud de escuchar con profunda atención. Brillábanle los ojos y en su rostro se mostraba una satánica alegría. Su cerebro rumiaba con detención un pensamiento halagador. Iba a darle una lección a aquel mequetrefe que en la plaza de Oriente lo había tratado como una mujer, amenazándole con darle de bofetadas. Ahora vería el tal mequetrefe si se podía insultar impunemente a un hombre como el padre Claudio.

El secretario consultó sus notas para estar más seguro de su informe.

—El teniente, para encarecer su servicio, ha dicho lo mucho que le ha costado averiguar la vida y costumbres del capitán Alvarez. Adivinaba que éste conspiraba y que era amigo de Prim; pero no podía saber la cosa, con todos los detalles que le pedía su paternidad. Por fin, merced a las palabras indiscretas de un amigo del capitán, y después de haber seguido a éste a todas partes, ha podido averiguar cosas que comprometen mucho al espiado. El capitán Alvarez es el secretario de la Junta militar que preside Prim, y que está encargada de los trabajos revolucionarios en toda España.

—¿No hay más datos?

—Sí, reverendo padre. Los conspiradores se reúnen en una casa cuyas señas exactas tengo aquí. Está en las inmediaciones de la plaza de Santo Domingo. El capitán Alvarez asiste a todas las reuniones. Lo ha visto nuestro agente.