—¡Bah! Tú no conoces a las muchedumbres. Son enemigos por instinto de todo el que se distingue y se eleva por encima de lo vulgar, y, además, todo lo que es absurdo y raro lo recoge con más entusiasmo, por lo mismo que lo comprende menos. Unicamente aquél que posee una oratoria vehemente y tribunicia, es el que consigue conservar el aprecio del pueblo; pero el que no tiene más arma que la pluma, pierde con facilidad el prestigio, pues esas masas revolucionarias sólo se sienten subyugadas por una palabra ardiente. Además, las masas sienten primero que discurren; adivinan entre ellas más traidores y espías de los que nosotros pagamos, y aquél que cualquiera señale como agente jesuítico, será el desgraciado sobre el cuál caerá el odio popular. En fin, Antonio, escribe mis instrucciones y aprende eso bien; sé lo que me digo. Ya verás cuál es el resultado.
El secretario escribió las órdenes de su superior.
—La calumnia—continuó el padre Claudio—es siempre entre las masas populares una bola de nieve que a poco que ruede se convierte en imponente alud. Que nuestro agente obedezca mis órdenes y dentro de poco apreciarás el resultado. No faltará una turba de imbéciles que le haga coro; todos, una vez señalado el traidor, querrán estar enterados de su traición, se aguzarán las imaginaciones, la mentira rodará de boca en boca agigantándose rápidamente, y antes de dos meses habrá exaltado que contará con todos sus pelos y señales la traición del periodista, el lugar donde se avista con nosotros, las órdenes que le damos y hasta la cantidad que percibe por su infame obra. Hay que emplear todos los medios para batir al enemigo.
El padre Antonio mostraba la admiración que le producía el diabólico arte de su superior. Este continuó hablando.
—Después que la calumnia se extienda, será cuestión de poco tiempo el robarle la pluma al escritor y hacernos dueños de su conciencia. Se verá escarnecido, insultado y calumniado por los mismos que ahora le admiran, y poseído del despecho y la rabia, despreciará justamente a asa misma gente a quien quiere ilustrar y abrir los ojos, y que paga a coces sus desvelos. El vacío se formará en torno de su persona; no tendrá a su lado un admirador que le aliente ni un amigo que le sostenga; sus escritos no serán leídos y carecerá ya del mezquino producto que hoy le da su trabajo y que le permite vivir. Intentará defenderse de palabra en las reuniones de su partido; pero su timidez personal y su falta de elocuencia, harán que sea anonadado por nuestros agentes, que pintarán su balbuceo e inseguridad como el rubor de su conciencia que se delata; y cuando esté ya definitivamente perdido, cuando no tenga un amigo y esté aplastado bajo el peso de su descrédito, entonces...
—Entonces llegaremos nosotros. ¿No es eso, reverendo padre?
—Así es. Entonces nosotros nos presentaremos a él como seres que nos apiadamos de su desgracia y que llevados de nuestro noble y generoso carácter, sabemos perdonar al enemigo cuando éste se halla en la desgracia. Nuestra dulzura por una parte, y por otra el odio que él sentirá contra los ingratos, harán que, sin gran esfuerzo, su voluntad se nos entregue, y entonces dispondremos por completo de esa pluma que ahora tanto nos incomoda. Además, vivirá en la miseria, y las necesidades de su familia le harán mirar nuestra amistad como un auxilio de la Providencia. No dudes que así será. Tengo mucha experiencia, y más de una vez he conseguido iguales éxitos. Con los hombres ocurre lo mismo que con las plazas fuertes. No hay ninguno inexpugnable, y el éxito únicamente depende del modo y forma de establecer el bloqueo.
—¡Oh!, ¡magnífico!, reverendo padre. La comparación es exacta, y cada vez me convenzo más de que al lado de vuestra reverencia, siempre se están aprendiendo cosas nuevas.
—¡Bah! Déjate de palabrerías y vayamos a lo importante. ¿Ha dicho "el Americano" algo sobre trabajos revolucionarios?
—Nada importante. En los clubs se habla mucho y se confía en que Prim hará pronto un movimiento; pero nada se dice de cierto. Pero hay aquí otra revelación sobre el mismo asunto, que es muy importante.