—¿Quién ha traído los informes?
—Pepe, "el Americano", ese que perora en los clubs y que está afiliado en la Masonería, para darnos cuenta de todo lo que piensan nuestros enemigos.
—¿Cómo está ahora en punto a prestigio?
—Mejor que nunca, reverendo padre. Ha estado aquí largo rato, y como es muy chistoso, me ha hecho reir mucho remedando grotescamente la que hacen en las sociedades secretas, y las sartas de barbaridades que él suelta a guisa de discurso. Como es tan vocinglero e intrigante, y como habla mal de todos los que se distinguen en los partidos avanzados, ha conseguido formarse su correspondiente grupito con cuatro imbéciles, y hoy se da ya importancia de hombre de prestigio en las masas.
—Perfectamente. Pues ordenarás a nuestro agente que poco a poco y con mucho arte emprenda una campaña de difamación contra ese periodista que tanto nos ataca. El mejor medio de matar su pluma, que tanto nos molesta, es aislarle, quitarle el afecto y la admiración de los suyos, que hoy tanto le aplauden. Esto puede conseguirlo nuestro hombre.
Al secretario debió parecerle difícil la empresa, pues levantando el rostro, interrogó con la mirada a su superior.
—¿Te parece difícil lo que me propongo? Pues nada tan sencillo. Nuestro agente tiene facilidad de palabra, y esto constituye una ventaja preciosa cuando se ha de trabajar sobre la conciencia de muchedumbres tornadizas y veleidosas, más propensas a derribar que a sostener a sus ídolos. Ves anotando lo que "el Americano" debe hacer para anular a nuestro enemigo. Primero perorará en los clubs, diciendo con maligna intención que a los hombres hay que apreciarlos por lo que hagan y no por lo que digan, y de paso hará la apoteosis de la fuerza, diciendo que vale más un carbonero que esté dispuesto a salir con un trabuco a la barricada, que todos esos periodistas, oradores y sabios que únicamente sirven para enredarlo todo. Este será, el primer golpe. Después, cuando el terreno esté preparado y haya tronado en varios discursos contra los traidores y los espías, asegurando que entre los partidarios hay muchos agentes pagados por los jesuítas...
—Esto podrá él jurarlo por su alma, sin temor de ir al infierno.
—No me interrumpas y escribe. Después que, como decía, haya preparado el terreno, podrá ir poco a poco deslizando la idea de que ese periodista que nos ataca es uno de tantos traidores pagados por los jesuítas. ¡Eh! ¿Qué te parece el golpe?... ¿Por qué pones esa cara?
—Reverendo padre; eso me parece demasiado fuerte. ¿Cómo van a creer esas gentes que está pagado por los jesuítas el mismo que con tanto rigor nos ataca?