Entró en ésta, no por el gran portal, sino por una escalerilla de servicio, según era su costumbre, para que no conocieran su ausencia las personas que iban a buscarle y que llenaban continuamente la antesala.

Aquella mañana nadie le esperaba, según dijo un lego que le servía de ujier. Habían estado un buen rato algunos de los que la Compañía empleaba como agentes; pero, después de hacer sus revelaciones al padre Antonio, que seguía siendo el secretario general del asistente o vicario de la Compañía en España, se habían marchado inmediatamente.

El padre Claudio entró en su despacho, donde su secretario estaba, como siempre, entregado al trabajo de ordenar notas y extractar informes para enviarlos a Roma o encerrarlos en aquellos legajos que, cada vez más numerosos, invadían todo el gran salón.

El secretario saludó con una rápida cabezada a su superior, y siguió escribiendo.

—¿Qué hay?—preguntó el padre Claudio, con aquel acento imperativo que era el suyo propio y se manifestaba siempre que el jesuíta estaba lejos de los convencionalismos de la sociedad.

—Han venido tres de nuestros agentes, y en estos instantes estoy redactando en forma las notas que he tomado de sus revelaciones.

—¿Qué informes son los suyos?

—Dos de ellos no tienen gran importancia. Helos aquí. El presidente del Consejo de Ministros dijo anoche, en una antesala de Palacio, que hay que temer más a vuestra reverencia que a sor Patricio y al padre Claret, pues éstos no son más que agentes de vuestra paternidad, que los mueve a su gusto. El otro informe es detallando el carácter de ese periodista rojo que tan furibundos artículos escribe contra nuestra Orden. Es irritable en extremo, y, además, tan falto de dotes oratorias y tímido, como mordaz con la pluma.

—Está bien. Al presidente del Consejo ya procuraré, de aquí a un rato, cuando yo vaya a Palacio, darle a entender que estoy enterado de sus palabras, y de paso le haré comprender a lo que se expone tirándonos chinitas a los compañeros de Jesús. En cuanto al asunto de ese periodista, toma nota de lo que voy a decir.

El secretario puso los puntos de su pluma sobre el papel, y esperó.