El médico correspondió con un malicioso guiño a la sonrisa intencionada con que el jesuíta acompañó sus palabras.
Estrechó el conde la mano del padre Claudio, e inmediatamente el carruaje se alejó a buen paso.
El jesuíta quedó inmóvil en la acera, como atendiendo al monólogo que la alegría recitaba en el interior de su cerebro.
—¡Anda con Dios!—se decía—. Por fin he logrado librarme de ti, que eres el eterno obstáculo para mis planes dentro de tu familia. Ya no me irritarás con tu tenaz oposición; ya no impedirás que tu hija entre en un convento y tu hijo en la santa Compañía de Jesús, y yo podré con toda tranquilidad guiar hacia las cajas de la Orden ese rebaño de millones que no son tuyos, sino de tu mujer.
El pensamiento del jesuíta cambió de faz repentinamente, y el monólogo continuó:
—No puedo quejarme. Hoy es un día feliz; se inicia del modo más favorable, pues ese imbécil se ha dejado conducir sencillamente y sin resistencia al lugar de donde no saldrá nunca. ¡Y quién sabe lo que allí podrá sucederle! Por algo le he hecho tomar su pistola.
Este pensamiento se reflejaba en el rostro del jesuíta con una sonrisa diabólica.
—Día que así empieza—continuaba diciéndose—forzosamente ha de ser muy favorable a mis planes. De seguro que me espera alguna buena noticia. Apostaría algo a que de aquí a la noche conquisto una fortuna o me libro de algún enemigo. Me lo dice el corazón. Hoy, después de tan feliz principio, haré algo bueno.
El padre Claudio volvió en sí, y dándose cuenta de que estaba plantado en el centro de la acera, gesticulando mudamente y llamando la atención de los transeúntes, emprendió la marcha con dirección a la antigua casa donde tenía establecida su oficina y su archivo y en la cual vivía con independencia y separado de la Orden que dirigía.
Saludando algunas veces a personas que le conocían y rehuyendo muchas el encuentro de otras cuya conversación importuna le era molesta, llegó a su casa.