—Como usted quiera, ya que tanto se empeña. Bien considerado, no me estorba llevarla, y tal vez, como usted cree, puede serme de alguna utilidad.
El conde metió la pistola en un bolsillo de su chaleco, y abrochándose la levita, indicó al jesuíta que estaba dispuesto a partir.
Salieron los dos y atravesaron la antecámara sin encontrar ningún criado.
Baselga iba delante, y ocupado en reflexionar sobre la extraña cita de O’Conell, en nada se fijaba. El padre Claudio, que lanzó una mirada a la puerta que comunicaba con las habitaciones de la baronesa, vió que el cortinaje se agitaba y hasta le pareció que una mano, semejante a la de doña Fernanda, asomaba para desaparecer rápidamente, después de hacer una señal de despedida.
Al salir a la calle encontraron parado frente a la puerta un coche de alquiler, por cuyas portezuelas veíase recostado en el interior al doctor Peláez, fumando tranquilamente.
El aristocrático doctor se apresuró a abrir la portezuela, y demostrando una agitación que contrastaba con su anterior calma, gritó:
—Vamos, señor conde; suba usted inmediatamente, pues se hace tarde y nos aguardarán con impaciencia.
—¿Adónde vamos?—preguntó el conde subiendo a la berlina de alquiler.
—Ya lo sabe el cochero. Vaya, ¡adiós, padre Claudio!
—Salude usted en mi nombre, amigo Peláez, al capitán O’Conell.