—¿Le gusta a usted, padre Claudio?—le preguntó.
—Mucho. Es una hermosa arma que da gran seguridad al que la lleva y que al mismo tiempo no ocupa gran puesto en los bolsillos.
—Esa es su principal ventaja. Yo la suelo llevar alguna vez, y siempre la meto en un bolsillo del chaleco, sin que apenas se note el bulto que produce. Es de moderna invención, y ahí donde usted la ve, tan diminuta, yo me comprometo a hacer blancos con ella a cincuenta metros.
—Es un arma maravillosa.
—Quédese usted con ella, si le gusta.
—¡Yo! ¿Para qué? Un sacerdote no debe llevar armas; y, además, usted la necesita ahora mismo.
—¿Necesitar yo armas? Salgo únicamente para ver a O’Conell.
—En asuntos como el nuestro, que no es muy legal, aun cuando usted piense lo contrario, conviene siempre ir prevenidos. Cuando O’Conell se ha escondido, sus motivos tendrá, y no es cosa que vaya usted a un punto que desconoce sin tomar sus precauciones. ¿Quién sabe lo que puede ocurrir? Recuerde usted que, según el refrán, "hombre prevenido..."
—Sí: "vale por ciento"; pero yo tengo siempre mis puños, que casi dan los mismos resultados que una pistola, cuando el enemigo está próximo.
—Vamos, señor conde, no sea usted tan confiado, y métase esta arma en el bolsillo.