—¿En qué punto me espera?

—No he tenido tiempo de informarme, pues inmediatamente he venido a manifestarle la noticia. Abajo, en un coche de punto, para no llamar la atención, le espera el doctor Peláez, que es quien sabe dónde es halla O’Conell. El le conducirá.

—Voy al momento. La impaciencia me devora, y no tardaré ni cinco minutos en estar listo.

Salió el conde del despacho apresuradamente, llamando a su ayuda de cámara con estrepitosas voces, y despojándose de su bata rameada para acabar cuanto antes de vestirse.

El padre Claudio lanzó una mirada distraída a la mesa de trabajo, donde los papeles estaban en desordenado abandono.

Un objeto brillaba asomando bajo algunos periódicos, y el jesuíta fijó en él la atención. Apartó los papeles, y vió una pistola doble, con los cañones niquelados y la culata de ébano. Tenía la pequeñez de las armas de bolsillo; los arabescos complicados y fantásticos que la adornaban dábanle cierto carácter de joya; pero el excesivo calibre de sus cañones le hacía una máquina terrible.

El jesuíta la contemplaba con curiosidad. Examinó sus cañones, que estaban cargados, y se puso a reflexionar que un tiro disparado con aquella pistola, a corta distancia, era tan seguro como mortal.

El conde era muy aficionado a las armas; tenía siempre en casa las más modernas, y aquella pistola era, sin duda, una novedad.

Daba vueltas el jesuíta en sus manos a la brillante pistola y sonreía de un modo extraño, como si le fuera muy grato el pensamiento que en aquellos instantes se agitaba en su cerebro.

Cuando el conde volvió a entrar en el despacho, con traje de calle y el sombrero puesto, halló al padre Claudio examinando todavía con atención la hermosa pistola y sonriendo con una expresión poco tranquilizadora. Pero el conde no se fijó en la sonrisa.