El jesuíta se levantó, y acercándose a su amigo, le dijo al oído, con entonación misteriosa:

—O’Conell está aquí.

—¿Dónde?—exclamó el conde, incorporándose con nervioso impulso producido por la sorpresa.

—En Madrid. No puedo decir a usted más.

—¿Y le ha visto usted?

—No; pero acabo de recibir aviso de su llegada, y al mismo tiempo, el encargo de que él desea hablar a usted con mucha urgencia.

—¿Y por qué no viene aquí?

—Lo ignoro: mas él tendrá sus motivos para obrar tan misteriosamente. Tal vez teme ser espiado por el personal de la Embajada inglesa: tal vez la índole de su conferencia con usted requiera el misterio.

—¿Y qué debo yo hacer?

—Vestirse inmediatamente y acudir a la cita.