Cuando a la mañana siguiente el conde de Baselga vió entrar en su despacho a su amigo el jesuíta, llamóle la atención inmediatamente la expresión de alegría que llevaba impresa en el rostro.
Acababa el conde de levantarse; eran las ocho de la mañana y en la otra ala de la casa, o sea donde estaban situadas las habitaciones de doña Fernanda y de Enriqueta, todo estaba en silencio, velado por la dulce penumbra del sueño matutino.
El conde, en la noche anterior, había ido con su hija al teatro Real. Necesitaba repeler del todo el mal humor producido por su altercado con el doctor Zarzoso, aquel señor desconocido para él, que tanta irritación le había causado; y logró su deseo, pues se acostó muy tranquilo y se levantó tarareando trozos de música italiana que habían quedado en su memoria, y que él, falto de sentido filarmónico, desfiguraba de un modo horrible.
Cuando Baselga canturreaba, a pesar de hacerlo muy mal, se alegraba toda la casa. Era esto signo evidente de buen humor en aquel gigantazo que con un bufido de cólera hacía temblar a todos.
El gozo interior que delataba la cara del jesuíta, extremó la alegría del conde.
—¿Qué hay, padre Claudio? ¿Por qué tan contento a estas horas?
—Grandes noticias, señor conde—contestó el jesuíta sentándose en un sillón y respirando precipitadamente, como si llegase sofocado.
—¿Qué es ello? Vamos a ver. Siento gran curiosidad, y me parece que va usted a darme un alegrón. Anoche, no sé por qué, presentía que hoy iba a ocurrirme algún suceso feliz. ¿Es que ha escrito O’Conell, marcando ya fecha para el golpe?
—Mejor, mucho mejor—dijo el jesuíta, que parecía gozarse en excitar la curiosidad del conde, para lo cual retardaba la explicación definitiva.
—¿Mejor? Pues confieso que no lo entiendo. ¡Por Dios, explíquese pronto!