Peláez quedó encargado de conducir al conde a la casa de salud, y el padre Claudio se comprometió a hacerle marchar a ella sin violencia, valiéndose de un habilidoso engaño.

El doctor Zarzoso creía que era más fácil curar una manía como la de Baselga permaneciendo éste en su casa; pero el miedo a que estando en libertad promoviese un conflicto de carácter público, le hacía transigir con la idea de conducirlo al manicomio. Para el sabio, la curación era larga, pero no difícil. Todo consistía en hacerle comprender que el tal O’Conell era un médico y que únicamente por una aberración intelectual lo había él creído un militar. Una vez demostrado esto, todos aquellos planes descabellados caerían por su base.

Los médicos despidiéronse de la baronesa, y ésta quedó sola con el jesuíta, quien no pudo reprimir sus impresiones.

—¡Por fin!...—exclamó, suspirando con la expresión del que se despoja de un peso enorme.

El padre Claudio, a pesar de toda la serenidad que había demostrado poco antes, estaba bastante intranquilo. La intriga era hábil, pero frágil en exceso, y una palabra demasiado indiscreta podía haber desbaratado su obra, dejándole a él en descubierto como único autor de tan infame maquinación.

La suerte, que siempre le había favorecido, acababa de mostrársele constante.

Ya se había librado del conde, eterno obstáculo para sus planes; y él jesuíta, al pensar en su triunfo, sonreía diabólicamente.

Estaba satisfecho de su fuerza y de su terrible astucia. O no había justicia, o él sería general de la Compañía de Jesús.

XXV

Donde el padre Claudio da el último
golpe a Baselga y vuelve a ocuparse
del capitán Alvarez.